Un arcoiris siempre me maravilla. En la foto brilla poco. Ese día, tempranito antes de las siete, se le veía de un lado a otro, muy brillante, desde el balcón. A los pocos minutos se disolvió (como a veces la felicidad). Su recuerdo es, sin embargo feliz, como todo arcoiris, un recuerdo del futuro.
Éste es el post número 200. Cuando empecé a escribirlo, hace casi dos años, ni siquiera creí que pasaría de una semana...
Leer Bajo el volcán ha sido una experiencia intensa. El primer capítulo es como ascender al Popocatépetl, cuando uno lo lee por primera vez. No en vano CAS (experto en Bajo el volcán, entre otros temas literarios), afirma que hay que superarlo y después, no se puede dejar el libro. Es cierto. O lo fue para mí, en todo caso.
Aunque mucho y con mucha seriedad y conocimiento de causa (y también sin él) se ha escrito sobre esa novela, no quiero dejar de expresar mi opinión.
Continuar la lectura tampoco resulta tan sencillo. Por la enorme tristeza y desesperación que pueden despertar las cavilaciones de Geoffrey Firmin, y sus andares. Hay, sin embargo, a quienes les ha producido cansancio y rechazo. A mí me ocurrió en un intento previo, pero lo atribuyo a una reacción frente a uno de los lados del prisma que es la locura: un enorme prisma con muchas, incontables caras hechas de espejos que reflejan a quien la sostiene y, parcialmente, a quien se refleja en ella por mirarlo. Ahí se encuentran la propia y la ajena, a veces irremediablemente y con resultados fatales. Y a veces es tan desagradable lo que vemos, o asusta tanto, que es fácil decir "no me gustó". Porque me parece casi imposible negar la belleza de esas descripciones.
Al final, la tristeza es patente. Pero no conviene hablar de los finales. Sobre todo porque (me repito, pero quiero subrayarlo) la belleza a todo lo largo del libro sobrecoge al lector y negarla es una necedad. Imágenes, descripciones, comparaciones de paseos, de calles, de los volcanes, de la ciudad, de los sentimientos, del amor, del desamor, del infierno, del paraíso, de la imposibilidad absoluta de detenerse y de cambiar los hechos y su desenlace. De un México que amamos y odiamos por tanto que ahí se expresa y que el autor ve desde fuera, y desde ahí mismo, con precisión. O con esa precisión borrosa que da el alcohol y que no por borrosa, o por verse a través del fondo de una botella, es menos precisa. Un México y una ciudad que han cambiado, quizá sin cambiar demasiado en el fondo, y a pesar nuestro, en más de un aspecto profundo y real, esa "cultura política". Pero en esas páginas está presente lo universal, aunque sea México el lugar donde todo ocurre, los hechos.
Al final, CAS me recomendó leer de nuevo el primer capítulo y claro, casi no pude detener más la lectura que podía seguir, nueva y la misma, hasta el infinito, como una banda de Moebius. Pero la tristeza también me embargó, esa tristeza, gozosa, sí, que se queda flotando después de leer una gran obra de la que desde hacía años tenía imágenes grabadas, ideas, recuerdos.
Y por eso empecé la lectura una vez más. Por un recuerdo que confluye con este tiempo. El recuerdo es de ese regalo que di, sin saber con precisión lo que regalaba, pero con la intuición certera y feliz que marcó mis 16. Imágenes como ésa de la etiqueta del Anís del mono, diabólica. Y el Casino de la Selva, ahora desaparecido, un recuerdo infantil que permanece en mi memoria de la mano de mi padre y mi madre, y se alimenta de las páginas que escribió Lowry. Y por supuesto, ese entrañable personaje, incomprendido y tan cercano en tantos momentos, con su prisma reflejante. Y mucho de eso, ahora, lo converso y redescubro. Es un privilegio.
Y se vuelve distinto, prismático y alegre, y se reinventa.
Encontré a mi prima en la red, mundo virtual y real. Golda, la única otra que conozco con mi nombre, ese que a tantos incomoda o hace reír (antes también a mí, aunque desde hace tiempo lo disfruto tanto mi nombre) y ella me envió fotos de mi abuela, Golda Rightman, y de la tumba de mis abuelos.
Estoy emocionada. Qué rostro éste que se ve. Una mujer fuerte.
Y un nombre compartido. Más que compartido, con el significado de una familia.
Un pie roto, ése fue el resultado de un mal paso. Literalmente. Y además, hubo espectáculo, más bien ridículo. No jugaba futbol, ni corría apresurada por las calles irregulares del Defe ni brincaba ni nada precisamente heróico o sexy o interesante.
Estaba en un café, a punto de irme. Di una pisada en falso que al tratar de corregir, salió peor. Caí sobre el mismo pie, doblado, tras atorarme con algo que pudo ser alfombra, pata de mesa o pata de silla, o mi propia pata, y horizontalmente. Di vueltas sobre mi eje, horizontal, quejándome, mientras tres meseros me veían desde lo alto, angustiados. Como trataban de hacer algo, pensé que quizá parecían convulsiones epilépticas o algo así. Entonces, les dije, "Sólo me caí..." y seguí tratando de que el dolor se fuera. Querían pararme rápido, pero yo ni podía. Luego ya me paré, me quité la bota y ellos me dieron unos hielos que puse durante un buen rato sobre una bola gigante... Ni siquiera me daba frío el hielo. Y los meseros, tres, me ofrecían alternadamente un tecito, un agüita, una pomadita, algo, otro café, una galleta. Algo para hacerme sentir mejor, tan mal me vería o tan mal aspecto daría al café que de todos modos, siempre está vacío.
Luego, uno de ellos que sabía primeros auxilios me puso lonol y una venda. Y lo dejé porque los veía casi tan desconsolados como yo que no dejaba de condolerme. Además de que estaba esperando a Xime que saldría pronto de su clase de guitarra y... qué hacer... había que irse de ahí de alguna manera.
Carlos Antonio, muy querido, tuvo a bien ir a recogerme y llevarme al hospital, empujar la silla de ruedas y traerme de regreso a la casa. Xime amenizaba el drama con la guitarra y trataba de superar el aburrimiento de la espera hospitalaria: radiografías, consulta, tiempo perdido...
La radiografía indicó una posible fractura de peroné, esguince, hematoma. El yeso y el dolor se instalaron. Todavía duele con todo y antiinflamatorios para gigantes, y aún adentro del yeso, duele el tobillo y el peroné. En 15 días se verá si la fractura fue o no fue. Si no, me quitarán el yeso que ya ni a yeso llega, pues es algo muy azul y químico, una superficie que no admite dibujitos ni firmas, lo único lindo de tener un yeso. Y su sí, estaré 10 semanas más inmóvil.
El viernes 30 de octubre me iba de viaje. Cancelado. No diré adónde porque resulta más doloroso así que nadie pregunte porque no responderé a ello. Sólo diré que es de esos viajes improbables y muy deseables que no se presentan muchas veces en la vida. Ni modo... Encima, se descompuso la lavadora e inundé el cuarto de la vecina...
Entonces, dada la alineación de los astros que parece influir a más de uno, en otras partes del continente, (o será solidaridad astral), lo mejor por ahora es quedarme quieta hasta nuevo aviso radiográfico. Y hasta no maniobrar bien las muletas que me prestó mi querida amiga Ana.
Gracias a los amigos queridos que me han ayudado en esta situación. Y a la paciencia de Ximena.
Si hay una música que me haga desaparecer y transportarme es ésta. Todo lo demás languidece para mí al lado de las Suites para chelo de Bach. Es una música que se apodera de mí, tanto que a veces prefiero no escucharla. Y además es inevitable, desde que la oí la primera vez no pude creerlo. Esta clase de Paul Tortelier me la hizo notar mi querido Pedro. Recuerdo un día que Raquel y Lorena llegaron a casa con una grabación de Tortelier. No lo conocía. Me gustó mucho, pero no fue mi favorita. Mucho se puede hablar de las Suites. Sus interpretaciones, distintas todas. Pero esta clase magistral de Tortelier es conmovedora y pone en perspectiva mi opinión. Volveré al disco en cuanto pueda, con otros ojos y oídos. Tortelier demuestra conocer cada nota, cada movimiento, la cadencia del compás y los cambios de ritmo y sentimiento. Ve la música y la siente. Y mueve y toca su instrumento con la confianza de quien lo ha hecho mucho, mucho... Y eso lo transmite a sus alumnos, fascinados, quizá incluso ¿apabullados? Después viene un pedacito de un concierto, más frío, me pareció y él, tenso. ¿Será que el escenario tiene esos efectos sobre los intérpretes?