miércoles, 26 de diciembre de 2007

Una mujer antigua. Camina por las calles del centro de la ciudad de México. Se llama Áurea García Lara y sus manos crean piezas y deshilados, arte en tela. 

Es una mujer sola que camina sin mirar a la cámara. Quizá esté triste o tal vez esté sumida en sus pensamientos, concentrada en estrellas de hilo, blancas, azules, en muñecas de carrete para su sobrina que la visitará, años después, en ese taller de la calle Atlixco, en la Condesa. Hoy irreconocible, salvo por esos nombres de ciudades, por los niños héroes, por las casas que aún quedan de pie, casi como lo estuvieron desde hace años, por algunos árboles antiguos, como esta foto. Por algunos habitantes que ahora también son antiguos. Como yo.

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A word is dead
When it is said,
Some say.
I say it just
Begins to live
That day.

Emily Dickinson





Un comienzo siempre es emocionante, y asusta, un poco. Pero las ganas están ahí y puede ser un excelente espacio para notas. Me pregunto qué será de mis tantos y lindos cuadernos. Quizá el lugar para anotar ideas antes de escribirlas en este espacio o simplemente un objeto para llevar en la bolsa, menos pesado que cualquier computadora.

Algo de poesía, quizá.

Una tía que vuelve a mi mente, en imagen, en nombre, en su trabajo artesanal, minucioso de hacer ropajes para quien los solicitara y también para quien no lo pidiera pero estuviera ahí, a su lado. Como yo y como mis muñecas. Una tía querida que un buen día se fue sin irse, y ahí estuvo a mi lado en la infancia, sin estar.

Y la palabra. Escrita mejor que hablada. Viva o muerta, palabra.