viernes, 28 de marzo de 2008

Doris Lessing, al fondo


Doris Lessing ha sido una de mis favoritas desde hace muchos años. En The good terrorist, refiere la historia de varios jóvenes, activistas, que presentan una imagen libre y libertaria, diferente, opositora. Pero ella, la escritora, desentraña el fondo de las ideas, de las actitudes, de los pensamientos, los desnuda y los despoja de heroísmo. Quizá un poco (con todas las diferencias del caso) como lo hace Juan Villoro en Dios es redondo y, también, con mucha mayor profundidad, quizá posible por ser ficción y no ensayo. Porque la ficción le permite a Lessing no mentir. Sus personajes no engañan al lector, son humanos. Y por eso también son todo menos complacientes, seductores o entrañables. Son demasiado humanos para enamorarse de ellos, por lo menos abiertamente.

Lo que mueve a alguien a hacer algo se formula en una incógnita muy personal y trazar generalidades o patrones en vez de esclarecer, oscurece, acaba con los matices, con lo maravilloso del mundo y de sus rostros. Lo mismo puede ocurrir con ver tendencias en donde no las hay, en donde no agregan nada y, por lo tanto, no son necesarias, o con interpretar lo que es, que en realidad no va más allá de eso. 

Pero ese otro libro de Lessing, The fifth child, deja una sensación muy incómoda, incluso aterrorizante. Es algo así como la existencia de un hijo "malo" (hasta trabajo cuesta decirlo) y, sin ir más allá de porqué o cómo puede nacer alguien así, el hecho es que la maldad aparece ahí como algo que ocurre, o crece, o se crea y cultiva. La maldad o como quiera llamársele a todo eso que nos reafirma como humanos, como eso que nos hace daño o que podemos y nos hacemos unos a los otros. Porque lo otro, la bondad, la belleza, es en realidad celestial, extraordinario, digno de reconocimiento de lo divino y, curiosamente, no de lo humano. Pero decirlo así, sin cortapisas, sigue siendo algo que enfrenta, un espejo que no es complaciente, como el de la madrastra de Blancanieves antes de que ésta creciera, esa madrastra que es uno de los personajes más humanos y, por eso mismo, más horrorosos de la infancia.

Sólo me pone mucho a pensar cómo Doris Lessing, desde la izquierda, o más bien desde la literatura, lo cuestiona todo, a la izquierda misma a la supuesta oposición del color y tipo que sea. Quizá también lo deconstruye todo, nos deja sin asideros, sin esperanza, sin respuesta y todo eso en un tono sencillo, directo, claro que permite que no nos alejemos demasiado de sus historias, tanto como para poder tomar distancias sanas y, así, moralizar. Ella no moraliza y eso es quizá lo que más asusta. Esa absoluta falta de indicación y esperanza. Eso que de tan personal se vuelve real y posible, y que es, sin más.

miércoles, 26 de marzo de 2008

violeta es la luz

Después el poema seguía, y el niño encuentra al padre y deja de llorar.
Pero ese libro no apareció, se perdió entre los días y las hojas, y otros aparecieron. Otros y otras historias. Ésas que parecen llamarme desde lo real, desde la tierra y el viento que se llevarán nuestros despojos, desde eso que a veces quisiera como una gran incógnita porque la nada da náusea, o vértigo. Como si a cada momento me recordara, "Aquí estoy, ven, ven conmigo. Tarde o temprano nos veremos muy de cerca, no te olvides de mí".

Quizá a ella se lo diga muy seguido, a sus 81. Lo vea a cada momento. La vea, en cualquier forma, sexo o rostro que tome para presentarse. Hoy estaba ahí, vestida de huipil oaxaqueño, verde, muy verde, con estrellas y rombos rojos y morados. Se veía linda. Pero saberla así atemorizaba a algunos, a los más débiles quizá, o a los más supersticiosos. A mí me dio escalofrío y sentí la piel erizada, toda. Allí estaba ella y me recordaba, además de haberla visto años atrás y de un pasado y de una vida, también me hizo sentir que se acaba, que lo que habla, deja de hablar, las sonrisas pierden su rostro, que la vida desaparece de un cuerpo mientras todo lo demás sigue ahí, ocurriendo o estando. Y que eso es parte de todo, pero atemoriza, siempre. A mí me devuelve lo finito, lo pequeño, las proporciones perdidas o que se desdibujan todos los días, a veces más. Me devuelve lo único y lo personal, eso que me contiene y que está aquí en cada letra; y está como puede no estar. Como eso virtual que parece tan verdadero y ni siquiera sabemos el misterio que encierra, tan volátil como visual.

El invierno trajo todas esas sorpresas consigo. Tristes. Y aunque ya es primavera según los calendarios, pareciera que sigue volviendo con más y no quiere irse todavía. O así será de ahora en adelante porque con el paso del tiempo sobre una vida el paisaje va cambiando, el paisaje y sus adornos. Como esa alfombra morada que piso todas las mañanas, me alegra con todo y que anuncia otro fin, el de las jacarandas en flor que pintan la luz de violeta. Cada año, hasta que algún día deje de verlas.

(PD. y aparecerá así, sin esa foto de jacaranda que tomé antier y sin otra de una alfombra violeta que también capturé... si logro algún día liberarla de un teléfono)


viernes, 21 de marzo de 2008

En el día de la poesía...

The Little Boy Lost


" Father, father, where are you going?
O do not walk so fast.
Speak father, speak to your little boy,
Or else I shall be lost."

The night was dark, no father was there;
The child was wet with dew;
The mire was deep, & the child did weep,
And away the vapour flew.


William Blake


Y porque ni los emos, ni ningún joven merece ser blanco de ataques y represión, por más que nos moleste, o no, su supuesta tristeza, lo que fuere... son jóvenes.


martes, 4 de marzo de 2008

chain smoker


Me apuro a entrar para ver si la idea no huye, no desaparece en medio del humo, de la autocrítica, de las navegaciones distractoras, endemoniada y adictivamente distractoras. Y entonces pienso de qué está hecha esa autocrítica, ésa, la mía.

Y reconozco algunos de sus componentes abrasivos: dudas que se encadenan unas a las otras, que se prenden una detrás de otra como lo hacen los fumadores que consumen un cigarrillo tras otro. Sin importar si lo fuman, si el humo aparece, sin importar nada. Una tras otra las ideas se contradicen, se pisotean, discuten antes incluso de expresarse, se asfixian, se aniquilan y mi mente se convierte en un teatro de sombras en el que cada día aparecen disfrazadas de contornos todas ellas, persecutorias, pesimistas, destructivas, resistentes y tenaces: que si esto es original o no, que si lo leerá éste o aquél (aun cuando creo que mi blog es el menos visitado de todos, es el blog fantasma de un fantasma que merodea la red de redes, la habita y visita sin ser visto, apenas percibido por esos programas que luegon envían anuncios para alargar penes o ganarse premios); que si la idea es buena, mala, regular, o completamente mediocre, o equivocada, o estúpida. Y mucho más, incluido que podría causarme vergüenza leerlo mañana por la mañana. O después, cualquier otro día. Y los criterios para juzgar tampoco es que estén muy claros, van y vienen, y se pierden en cada brasa que se apaga o que enciende otra brasa, o que se esfuma en el aire, y otra y otra.

Y al final mi cabeza termina como un cenicero lleno de colillas apagadas. Y algunas ideas, las sobrevivientes, recobran el aliento y vuelven en un día claro o meditativo, para otra vez encender mecha y terminar carbonizadas. O en el basurero.

no siempre

las ideas llegan a tiempo ni cuando estoy frente a la computadora y otras veces, fluyen sin lograr expresarse y se quedan ahí, perdidas. Las imagino entre los pliegues del cerebro, dormidas, o entre las espinas de algún cactus, inalcanzables.