miércoles, 30 de abril de 2008

desapegos













La placidez, la meditación, el desprendimiento.

El Buda, dicen los que saben, o más bien quienes lo adoran, es símbolo de perfección humana. Los lóbulos de las orejas largos y los dedos de los pies casi del mismo tamaño son también muestra de esa perfección.

Pero como eso es algo con lo que se nace, o no, nada hay que hacer al respecto más que quizá esperar lo suficiente para reencarnar en un ser ideal (hasta ahora nadie lo ha logrado) y claro, también llevar la cuenta karmática para no renacer como cucaracha. O como los travestis en Tailandia, de quienes se dicen por lo menos dos historias: o que se quedaron en un punto medio en la reencarnación o que están pagando el karma de haber maltratado a una mujer en la vida anterior. Y todo eso no les impide lucir por la calle su belleza (porque son de una belleza femenina y andrógina impresionante) disfrazados de mariposas rojas, mujeres en minifalda o bailarinas con vestidos llenos de diamantina.

En fin, ese mito, como muchos otros, está lleno de misterio y encanto. 

Ése y el del desapego. Algo que parece inconcebible en Occidente, tanto así que uno se pregunta si de verdad hay tal comportamiento en Asia, capital de los productos de consumo accesibles, los que generarán esa adicción en todas las capas sociales debido a sus precios. A menos de mil pesos una bolsa original de cualquier marca... un símbolo original de lo terrestre, de la moda, mil pesos y algún costo en los karmas (¿o acaso las posesiones materiales y el consumo son algo solamente occidental? Todo parecería indicar que no).

En todo caso, esa historia de la iluminación es atractiva con solo ver ese rostro soñador, libre, del Buda, o su eterna posición pacífica y meditativa. Un ideal al que no hace mucho daño aspirar, o más bien, no hace más daño que cualquier otro ideal inalcanzable.














martes, 29 de abril de 2008

Bangkok tattoo


Tailandia parece ser eso y mucho más: un tatuaje refinado y profundo que, por su belleza, se convierte en objeto de la codicia. Gente amable que gravita alrededor de uno, dos, tres budas, que son uno mismo, y que son un hombre nada más, humano. Y también giran en torno de la superstición y la filosofía, en la que sobresale la ausencia de dios y la petición de favores. Los rituales de la suerte. Eso quizá, los hace más ligeros, por lo menos para Occidente, en donde dios se vuelve un peso omnipresente, para afirmarlo o negarlo, incluso para omitirlo, monopolizador de rituales institucionales.

Es alegre, colorido, un país que se antoja conocer a fondo, como la lectura de ese libro, Bangkok tattoo, que en medio de una historia en la que todo o casi parece entrar, se atisba una tierra inasequible en seis días, una cultura que pide mucho más sin pedir nada. Que se antoja como sus platillos aderezados con coco y hierbalimón, picantes y delicados a la vez. Como ese saludo amistoso cuyo gesto incluye no solo la voz alegre de un sawasdeeja (hola tailandés), sino la unión de las manos a la altura de la barbilla y mirada sonriente.

Demasiado lejos y demasiado humano también como para no desear mucho más a partir de seis días de reconocimiento casi aséptico, porque con otro poquito quizá podría quedarme allí mucho tiempo hipnotizada por el canto de las cicadas, por el contraste del mar turquesa con las piedras y el calor que también embriaga, y por esos templos, esas aguas, por una historia tan terrible como encantadora. Por una fantasía de Asia que despierta, que revive.
 


martes, 8 de abril de 2008

No planeado...

Hoy me voy de viaje. En unas horas. Todo ha sido precipitado. Eso le agrega emoción, pareciera casi no planeado y, de hecho, no fue planeado por mí. Es de esas cosas que caen, que llegan sin pedirlas. Ésas son las que suelen funcionar mejor, o por lo menos ocurrir. Llegan por casualidad y se viven intensamente. Y no hubo tiempo de pensar en contratiempos, en pormenores. Ni de dudar o arrepentirse. Todo es demasiado rápido.

Asia, será mi primera vez en el continente. Tailandia, un país que ha seducido a muchos. Espero  contar algo después, con gusto y alegría. Y con emoción.

domingo, 6 de abril de 2008

De erratas y lectores


l trabajo editorial es como hacer la limpieza, un poco de corte y confección, cocina y cultura de belleza, con un poco de diseño y publicidad, y lo que pueda agregársele. Un oficio artesanal.

Si una oración se ve fea, entonces habrá que emparejarle el pelo, hacer que coincidan sus colores, géneros y números, verificar que quien hable lo haga en el momento adecuado, no antes ni después y, de preferencia, con corrección, aunque no necesariamente (esta parte es a veces la más difícil, pues la moda importa más que la gramática). Una a sin h, por ejemplo, no es más que una preposición utilísima para muchas actividades. Pero a veces, su rostro engaña y la hace ver más inocente, cuando en realidad le hace falta una h para dejar ver su verdadero rostro, desplegar todo su significado al lado de algún verbo mucho más interesante, pero que solito no puede hacer nada. Y quitarse esa inocente máscara para ocupar su verdadero lugar.

Un corrector automático y de programa de computadora poco puede hacer para darse cuenta de las erratas, porque muchas palabras existen en el mundo de las letras. Como lo atestiguará este texto que seguramente llevará no algunas, sino varias.

Y el editor o editora, como una peinadora, repasa una y otra vez el pelo del joven (texto), hasta encontrar el peinado más adecuado y eliminar las imperfecciones, los movimientos rebeldes, los elementos insondables. Es necesario ser muy insistente para hacer ese trabajo y no conformarse con poco (sin hablar de salarios, desde luego). Leer el fondo, la forma y ese paso intermedio, y hacerlo tantas veces como sea necesario. Entre más ojos lo hagan, mejor. Y además de una gran concentración que implica el silencio, sobre todo el silencio interior, hay que añadirle estilo, un ingrediente más del sazón que de la química. Un estilo que obedece alguna intención precisa.

Impersonal o de tú al lector, que supuestamente leerá lo escrito, algunas frases breves y contundentes, incluso exageradas. A veces, pareciera que exagerar es precisamente lo que hace falta para que un lugar o alguna idea luzca mejor, como si de otra manera pareciera tibio o menos extraordinario, o menos llamativo. Como si la sencillez ya no tuviera cupo y esa interpretación comercial de lo "sexy" fuera la única válida. Como si lo real no despertara el deseo. En ese contexto han aparecido esos superlativos tan de moda: super, ultra, uber... Y esas palabras de moda que sin decir nada parecen en cierta época tener toda la verdad: cool, lounge, glam, chic. Y luego otras frases hechas que, de tan hechas, se presentan sin avisar: "el secreto escondido", "el sello de...", "lo que todos esperaban", y muchas más que ahora se esconden presurosos. 

Como si una palabra o frase, o muy pocas, resumieran en verdad lo sentido, lo vivido. En cambio, lo despojan de toda su complejidad y fondo, y queda como un objeto que de tan irreal quizá se vuelva atractivo. En un espejo brillante y atractivo en medio del cual, a veces, asoma alguna errata, como "pata de elefante en piso de cristal". El editor en esos casos sólo puede lamentarse de no haber tenido más calma. Esperar que el error desaparezca como un mal recuerdo de sus momentos de ocio o que lo asalte inesperadamente. Pues sabe que la respuesta a la errata será una prueba de los lectores que tiene. 






martes, 1 de abril de 2008

El amo y el esclavo

En The grass is singing, la primera novela de Doris Lessing, la inminencia de algo terrible se siente en cada una de sus páginas. Y, aunque no hay sorpresas porque desde el principio sabemos cuál es el resultado de la historia (como en la Crónica de una muerte anunciada, pero sin la alegría y ligereza del realismo mágico y anterior a ésta), cada página sumerge al lector en las profundidades del alma de una mujer, de esta mujer, Mary. Un personaje común para el momento, el lugar y la época que vive y al mismo tiempo, muy particular como lo sería cualquiera de quien conociéramos el fondo, el alma.

Esta es también la historia de la parábola del amo y el esclavo. Ésa en que las cadenas atan a todos con la misma fuerza, amo (o amos) y esclavos. La historia de tantos (personas, grupos, países), como de lo que antes era Southern Rodhesia (hoy Zimbabwe), --y de otros países del África negra--, ha sido emblemática de este tipo de relaciones entre grupos sociales y sus implicaciones en todos los ámbitos y para todos los que participan.

En estas páginas, la escritora deja ver la pobreza y la humillación de los habitantes originarios del sur del continente africano, los nativos como les llama, pero abunda en la miseria de los granjeros. Una miseria que puede incluir pobreza como tal (aunque nunca en el nivel de los nativos) y también esa sujeción a reglas estrictas, a no poder mirar a los ojos a los trabajadores casi esclavos, dueños originales de la tierra, y una estricta sujeción a la tierra misma, a sus ciclos y exigencias, al clima, al mercado, al trabajo de la granja. Y esto a partir de una familia particular, en la cual atisbamos la miseria del amo (pareciera un plural en la historia, pero al final se confunden tanto en ese círculo, que el amo desaparece como tal al sujetarse tan intensamente a los otros) y otras miserias en sus pliegues y minucias que atan y limitan sus sentimientos, comportamientos, su modo de pensar y hacer. Ella, Lessing, los explica sin justificarlos, por el contrario, con una mirada crítica y ácida, precisa, a veces sarcástica y a veces incluso sensual, esa sensualidad oscura y culpable del poder, de la prohibición, del prejuicio. Una mirada que sólo puede provenir de un conocimiento profundo y personal de la situación.

En este primer libro de Doris Lessing se deja ya ver esa maestría en el detalle, en la sensación, en la creación de un ambiente que, en este caso, de tan pesado y terrible que es, cuesta transitarlo y no por ello deja de imponerse el deseo de llegar al final. También aparecen ya esas preocupaciones que años después retomará en African laughter, un libro autobiográfico en el que aparecen sus orígenes con toda claridad y su visión conocedora y crítica del país.

Y, magistralmente, llega ese esperado y conocido fin que deja en el lector ese sabor de boca amargo, ese miedo a la locura, personal y socialmente organizada, y a sus expresiones más patentes, inequívocas, lamentables y humanas.