miércoles, 28 de mayo de 2008

Te queremos, siempre

JACKY GOETHALS




y te llevamos en el corazón

29 de mayo de 2008.


Foto: Eric Goethals

lunes, 26 de mayo de 2008

Oficio



de letras. Ésta parece una imagen de otra época, de esas que han sido suplantadas por la computadora y la tipografía virtual, que ya sólo vemos impresa, sino es que en la pantalla. Nadie dice ya, "pásame por favor cinco as, una ele, una eme, una e con acento..." (a algunos, muy pocos).

Los oficios se transforman. Algunos quizá desaparezcan. Y mientras tanto ¿qué haremos con tantas letras?


Foto: Eric Goethals


lunes, 19 de mayo de 2008

miércoles, 14 de mayo de 2008

De la caducidad de las



palabras, como púber, que ahora se dice puberto [sic], una palabra que no aparece en el diccionario, más que como origen griego de pubertad. Un puberto, o puberta, dicen ahora los mismos púberes y los no tanto, pero supongo que eso no se oye "bien" en ese lenguaje de hoy. Ese idioma que cambia y usa nuevas maneras de decir lo mismo, pero diferente, con otro sentido, como si las palabras que dejan de usarse adquirieran vida propia o asumieran una imagen que las despoja de sentido, de ritmo, de significado. Una interpretación de lo ¿sexy? y lo lanza al vacío del espacio para que las orejas disponibles la atrapen y adopten sin mayor trámite.

Como ese uso de "niña" y "niño", y tan difícil resulta la abstención a estos cambios, que la infancia parece desaparecer de la faz de la Tierra para integrarse a ese lenguaje adulto que se infantiliza, y sin la imaginación de los niños verdaderos. Y el eslogan "todos somos indios" apenas y figura ya, pero el de "todos somos niños" se dice a cada momento, sin pronunciarse.

Como si faltaran palabras en los diccionarios. O como si usáramos la mayoría, o tan siquiera las entendiéramos. Como si no nos hicieran falta.

Foto: Eric Goethals

viernes, 9 de mayo de 2008

Más de Tailandia


Sí es apasionante eso de viajar tan lejos, pisar otro continente, llegar a un lugar donde todo huele distinto, una combinación del dulzor y acidez de frutas nuevas, cañería descompuesta, fritanga de coco y cerdo. Olores desconocidos (nada parecidos al aroma del taco, tan penetrante, pero igual de difíciles y hasta nauseabundos cuando asaltan en la calle a quien ahí camina)...

Y los elefantes. Esos animales tan grandes que despiertan la ternura y quizá algo así como una sensación de infancia. Al lado de un elefante cualquiera es pequeño, lo suficiente para ser protegido, montar encima de su lomo sin infligir dolor ni tormento, o también para morir bajo una de sus patas. Y luego están esos ojos enormes, con pestañas, que miran de cada lado de la enorme cabeza, la incapacidad de saber qué sienten en su monumentalidad, que cualquier cosa que me imagine será sólo una transposición de lo humano, de lo mío y propio. Nunca realmente nos comunicamos con los animales (quizá con nadie). O con algunos pareciera que un poquito, sí.

Tanto vi en ese país y tan poco, tanto que supe que mucho me había faltado y eso me dejó... deseosa de volver y poder perderme entre sus callejones. Pero estos elefantes, madre e hija, resaltaban por eso que en humano se entiende como alegría. Daban vueltas a su trompa, bailaban al  ritmo de los tambores, mojaban a quienes los veíamos y no perdían oportunidad de tomar con la trompa, ese miembro inesperadamente ágil y sutil, cualquier objeto: una botella de agua, unos plátanos o cañas (eso, claro, iba de inmediato a su boca). Hasta parecía que sonreían. Un espectáculo de recepción, a la puerta del campamento de elefantes Maesa, y al lado de la carretera. El entrenador a su lado también sonreía, jugaba con ellos. No había indicaciones de violencia alguna.

Adentro, en el campamento, había muchos más y no jugaban tanto. Estornudaban, algunos. Comían todo, otros. Intentaban irse pero el hombre que los montaba les asestaba un golpe, o un pico (con un pico curvo y filoso, de hierro, que salía de un palo de madera) se encajaba discretamente en su piel gruesa. "No les duele", decían algunos, aunque algunos alcanzamos a escuchar lamentos en medio de las voces, del agua del río donde se bañaban. Nunca creímos, los pesimistas de siempre, que ahí no hubiera dolor, trabajo para elefantes de todas las edades, y un espectáculo que emocionaba pero que dejaba dudas. 

Hacen muchas cosas, ellos. Pintan, juegan futbol, a veces, hasta parecen sonreír. Levantan troncos de árboles y se colocan con agilidad en posiciones especiales para que el hombre que los monta suba y baja como en una escalera de su  lomo. Y eso a mí me generó... incomprensión y tristeza, al final de cuentas. Elefantes que trabajan en la industria del entretenimiento de turistas. Y luego, qué podría ser, ¿un ambiente natural para esos elefantes? Lo dudo. Demasiado tiempo junto al depredador más despiadado de la naturaleza, junto al menos generoso, al que menos retribuye los dones que recibe, que disfruta. El dominador absoluto, el dueño como especie de la naturaleza e incluso de sí mismo. Así somos los humanos. Negamos nuestra naturaleza esencialmente animal y con ese principio, todo, absolutamente todo, se vale: tirar, consumir, gastar, explotar, matar, comer en exceso, o menos de lo necesario. Desoírlo todo, desvirtuarlo todo. O quizá en eso reside nuestra naturaleza animal (que también tiene manifestaciones sublimes, como el arte y la bondad). Pero para el depredador no hay vuelta atrás.

Y eso que ahora, en este post a mi blog, todo empezó con unos elefantes traviesos y simpáticos... que me despertaron ternura y hasta sonrisas, y mucho, mucho asombro. Uno no ve en el DF elefantes caminando por la calle todos los días... mientras que en Bangkok a veces y en Chiang Mai, sí.






jueves, 8 de mayo de 2008

San Miguel de Allende [foto 2]

La tierra y sus caminos. Jardín botánico El Charco.


Foto: Eric Goethals

miércoles, 7 de mayo de 2008

San Miguel de Allende [foto]


Todo es antiguo aquí, salvo algunos plásticos que del futuro irrumpen sin avisar y todo para aparecer en la foto.


Foto de Eric Goethals

martes, 6 de mayo de 2008

Los viajes propios

Hacer un viaje por iniciativa propia, con toda la libertad para perderse entre las calles o para despertarse a la hora en que suena el trueno repetido y juguetón de los fuegos artificiales de las seis de la mañana y luego ir a tomar un baño termal, o visitar un parque extraordinario y perderse entre sus brechas antes de que el Sol se convierta en un yugo recalcitrante. Ésa es la enorme diferencia con respecto a un viaje en el que se sigue a alguien (guía, líder, grupo de viaje) sin  molestarse en tratar de entender un mapa o en tomar decisiones personales sobre qué hacer y, peor aún, llegar a acuerdos con algún otro; sin sufrir esa tensión, ligera y gozosa, que puede aparecer por salir de una cómoda cama en un día de vacaciones para no perder una visita deseada o bien, permanecer acurrucado porque eso es lo que pide el alma, o el cuerpo, en ese momento. 

Viajar así es una experiencia placentera e invaluable para mí, ya sea al Centro histórico de la Ciudad de México o aun más cerca, a San Miguel de Allende o al lugar mas remoto y distante del planeta. Para el espíritu viajero y curioso, el lugar es sólo circunstancial.