domingo, 24 de agosto de 2008

viernes, 15 de agosto de 2008

Dicen los que saben

que la combinación de un libro y un abrazo es maravillosa. Pero para ver el resultado lo mejor es visitar una nueva página web, apenas nació y ya ha dado sus primeros pasos. Un prodigio, idea de dos a los que ya se sumaron más. 

Para niños y jóvenes. Sólo hay que hacer clic en este LINK ...

Una visita obligada en el repaso diario de los blogs, que siempre es mejor que el repaso diario de la prensa, o hasta de los correos cuando el mail empieza a inundarse de ofertas y suscripciones antiguas, olvidadas.


Un espacio para colaborar, leer, sonreír y para invitar a niños y adultos. Venga. ¡Felicidades!

martes, 5 de agosto de 2008

Diálogos

La veo. La cabeza se le llena de letras, sus ojos recorren los renglones uno tras otro, con una avidez que arriesga incluso la comprensión del texto, del subtexto, de los detalles que al final hacen creíbles las historias, o simplemente hermosas, que arriesga el sazón de las historias. Pero ella ayer aprendió a sentir con avidez todo eso que dice alguien en un libro (que no he leído). Y busca algo ahí, vida, sueños, piel, amor, diálogo, diálogo silencioso (quizá el más íntimo de todos sea ése) y otras sensaciones que yo apenas recuerdo y que ahora siento diferente. Y yo la veo, desde afuera, muy, muy, muy afuera. La historia se puede resumir en tres líneas, pero no es eso lo que importa, es lo otro, eso que te hace galopar sobre las erres, deslizarte en las aes, sentarte en el recoveco de una ese, treparte a una te minúscula para mirar el paisaje, brincarte quizá algunos acentos, algunos sermones y correr, una tras otra, en la tensa y alerta quietud de la lectura. 

La veo y gozo. La veo y la cabeza se me llena de preguntas. Silenciosas. Sin respuesta, todas.

A mí en cambio Murakami me dejó fría. Con todo y sus verdades profundas.

Pero me queda mi diálogo. Silencioso. Una parte del cual aquí aparece. Porque aunque sea yo misma y en silencio, la imaginación (ese otro del diálogo) es más poderoso que cualquiera que me hable. Hasta puede esconderse tras alguna voz conocida.


 



sábado, 2 de agosto de 2008

Inmortal


En medio de un alud de historias, páginas, símbolos o no, aventuras y travesías, aparecen algunas verdades como gemas preciosas en El fin de los tiempos, el libro de Haruki Murakami que estoy leyendo. Quizá una de las más reveladoras, leída a deshoras en medio del insomnio, es la siguiente, después de que el personaje central acepta que su vida era equivalente a cero, el último e inevitable día de su vida:

"Sin embargo, si yo hubiera podido volver a comenzar mi vida, sin duda habría llevado la misma. Porque mi vida --esta vida hecha de una sucesión de partes-- era yo mismo. No tenía otro camino para convertirme en mí mismo. Incluso si para lograrlo era preciso abandonar a todo tipo de gentes, y que todo tipo de gentes me abandonaran, aun si debía borrar o limitar los sentimientos hermosos, los personajes sublimes y los sueños, yo no podía devenir otra cosa que yo mismo." 

Esto dice el personaje central después de su paso por los infiernos, justo cuando está frente al gran dilema de su vida: a un paso de la inmortalidad, de ser "uno mismo".

Así, fuera de contexto, es una perogrullada, como lo son las grandes verdades. En su contexto adquiere significado y valor como discurso, aun cuando el contexto en lo personal me haya parecido infantil, aburrido, cansado y poco interesante, pero eso sí, despertó mi curiosidad lo suficiente para llegar al final. (Infantil no en el sentido creativo y divertido de la palabra, sino más bien como un recurso fácil).

Y este reconocimiento de sí mismo no es de ningún modo triunfal o autocomplaciente, más bien, es la aceptación de un hecho: 

"Era eso, yo mismo. Este 'yo mismo' no iba a ninguna parte. 'Yo mismo' estuvo siempre ahí y esperaba solamente que yo regresara a él.
¿Es necesario llamar a eso la desesperanza?
No sé nada sobre eso. Podría haber sido la desesperanza. Turgueniev quizá lo habría llamado la desilusión, Dostoyevsky lo habría llamado el infierno y Somerset Maugham la realidad. Pero, cualquiera que sea el nombre que se le dé, era 'yo mismo'."



Foto: E. Goethals