martes, 29 de diciembre de 2009

Se va el 2009



A veces, como este fin de año, nada mejor que un ventilador para darle una ayudadita y que se vaya bien, muy bien, todo o casi lo de 2009: las tristezas, las tardes inmóviles y agobiantes, las esperas, la crisis, las preocupaciones, las amarguras.


Las alegrías se quedan siempre, como dulces recuerdos.


Así ocurre todos los fines de año: su fin es anunciado y aún así, parece llegar veloz, como queriéndonos tomar por sorpresa. Pero en éste yo sólo digo que se vaya ya... rapidito, sin mucho ruido ni aspavientos, deslizándose con el aire del ventilador.




PD. A sugerencia de un lector, va el pie de foto:

Pulquería La Ana María: el curado de piñón es inolvidable, pero menos dañino el de apio, dicen los que saben. 





viernes, 25 de diciembre de 2009

Adivinanza

De Emily Dickinson
(subrayada -y descifrada- en un libro viejo: Emily Dickinson, The Laurel Poetry Series, 1960)


[146]


A route of evanescence
With a revolving wheel;
A resonance of emerald,
A rush of cochineal;
And every blossom on the bush
Adjusts its tumbled head,--
The mail from Tunis, probably,
An easy morning's ride.




Me encantaría que los lectores de este blog lo descifraran...


¡Feliz 2010!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Más de lecturas

En estos días, y no por los premios que recibió José Emilio Pacheco, sino porque Ximena empezó a leerlo, volví a leer ese cuento magnífico que ocurre en el bosque de Chapultepec. Una historia fantástica, inexplicable, que deja confuso al lector, pero también lleno de imágenes y misterios. "Tenga para que se entretenga. Tenga para que se la prenda", dice la oración que no se olvida, mientras entrega un periódico y una flor ese personaje que emerge del subsuelo, o quizá sea la personificación de un caracol gris y húmedo, y que se dirige a esa mujer que después termina siendo una repetición del paisaje, de esas que se ven por las calles de colonias antiguas. De seguro, si uno va al bosque hoy, ahí estará una viejita con vestido antiguo, sentada, esperando a comprender si lo que vivió fue un engaño o un sueño, o un misterio inexplicable que le dejó un par de reliquias y un gran dolor. "Tenga para que se entretenga", gran cuento, gran frase.


En estos días también ha ocupado mi atención Eduardo Antonio Parra. Narrador Cuentista hasta hace unos días desconocido para mí. Sus historias, muy del norte, de los "bajos fondos", del submundo en este caso de Monterrey. Sus descripciones, fascinantes. Me ha seducido su ritmo y las palabras que elige para cada pequeña oración. El resultado, atmósferas incontestables donde sus historias se vuelven verosímiles (pues de otra manera quizá no todas lo serían). Un gran descubrimiento de fin de 2009 (tardío para mí, claro está, pues ya era conocido y no sólo eso, sino que contemporáneo mío, una razón más que tuve para leerlo).


Y mientras este 2009 más que terminarse pareciera derrumbarse, por lo menos escribo brevemente sobre algunas lecturas, en medio de ires y venires, tras incumplir más de un deseo y propósito de esos que se hace uno al comenzar cada año, más los que puedan irse agregando con los meses y luego, desagregando. 


Y a estas alturas de todo, de la vida, lo único que a mí me urge son unas vacaciones.













miércoles, 2 de diciembre de 2009

Lecturas

Quizá me pasmé con las 200 entradas, quizá los acontecimientos (personales) me han rebasado, además de lo de siempre, será que he leído y eso le resta tiempo a otras actividades, pero este espacio ha estado un poquitín abandonado y, visto lo que viene, seguirá así, a lo mejor.


Pero dos libros han acaparado mi atención en los últimos días:


La noche será negra y blanca, de Socorro Venegas. Escritora mexicana que me dejó muy gratamente sorprendida por su novela breve. Más que eso, me dejó la satisfacción de cuando uno ha leído algo que muy bueno, bien escrito, cuidado, redondo, que aporta ideas y abre el espacio de la reflexión y toca, sacude incluso, sentimientos. Y recuerdos de la asimilación de sentimientos profundamente tristes que atormentan a algunos, de la vergüenza del dolor y de la muerte, por más que esto suene extraño. Y dan ganas de leer más de ella.


El otro libro de Philip Roth, The Dying Animal. Una historia quizá no tan interesante (para mi gusto) como otras de él (I Married a Communist o The Human Stain) pero con ideas o reflexiones sobre el amor que van más allá de las convenciones y que no caen en lugares comunes, pues su manera de decirlo todo, siempre, es directa y sin rodeos. A veces las historias parecieran incluso sobrar, salvo que sin ellas todo lo que dice parecería una perogrullada. Como esa idea de que el amor fractura, un pensamiento que se aclara con la historia que le da origen, pero igual se lee como una frase sabia: 
"The only obsession everyone wants: 'love.' People think that in falling in love they make themselves whole? The Platonic union of souls? I think otherwise. I think you're whole before you begin. And the love fractures you. You're whole, and then you're cracked open. [...]"
Y lo mejor, como siempre, es que el año termina y siempre habrá algo nuevo o viejo que leer. Por fortuna, eso es inagotable.





sábado, 14 de noviembre de 2009

Arcoiris




Un arcoiris siempre me maravilla. En la foto brilla poco. Ese día, tempranito antes de las siete, se le veía de un lado a otro, muy brillante, desde el balcón. A los pocos minutos se disolvió (como a veces la felicidad). Su recuerdo es, sin embargo feliz, como todo arcoiris, un recuerdo del futuro.

Éste es el post número 200. Cuando empecé a escribirlo, hace casi dos años, ni siquiera creí que pasaría de una semana...





miércoles, 4 de noviembre de 2009

Bajo el volcán

Leer Bajo el volcán ha sido una experiencia intensa. El primer capítulo es como ascender al Popocatépetl, cuando uno lo lee por primera vez. No en vano CAS (experto en Bajo el volcán, entre otros temas literarios), afirma que hay que superarlo y después, no se puede dejar el libro. Es cierto. O lo fue para mí, en todo caso.

Aunque mucho y con mucha seriedad y conocimiento de causa (y también sin él) se ha escrito sobre esa novela, no quiero dejar de expresar mi opinión.

Continuar la lectura tampoco resulta tan sencillo. Por la enorme tristeza y desesperación que pueden despertar las cavilaciones de Geoffrey Firmin, y sus andares. Hay, sin embargo, a quienes les ha producido cansancio y rechazo. A mí me ocurrió en un intento previo, pero lo atribuyo a una reacción frente a uno de los lados del prisma que es la locura: un enorme prisma con muchas, incontables caras hechas de espejos que reflejan a quien la sostiene y, parcialmente, a quien se refleja en ella por mirarlo. Ahí se encuentran la propia y la ajena, a veces irremediablemente y con resultados fatales. Y a veces es tan desagradable lo que vemos, o asusta tanto, que es fácil decir "no me gustó". Porque me parece casi imposible negar la belleza de esas descripciones.

Al final, la tristeza es patente. Pero no conviene hablar de los finales. Sobre todo porque (me repito, pero quiero subrayarlo) la belleza a todo lo largo del libro sobrecoge al lector y negarla es una necedad. Imágenes, descripciones, comparaciones de paseos, de calles, de los volcanes, de la ciudad, de los sentimientos, del amor, del desamor, del infierno, del paraíso, de la imposibilidad absoluta de detenerse y de cambiar los hechos y su desenlace. De un México que amamos y odiamos por tanto que ahí se expresa y que el autor ve desde fuera, y desde ahí mismo, con precisión. O con esa precisión borrosa que da el alcohol y que no por borrosa, o por verse a través del fondo de una botella, es menos precisa. Un México y una ciudad que han cambiado, quizá sin cambiar demasiado en el fondo, y a pesar nuestro, en más de un aspecto profundo y real, esa "cultura política". Pero en esas páginas está presente lo universal, aunque sea México el lugar donde todo ocurre, los hechos.

Al final, CAS me recomendó leer de nuevo el primer capítulo y claro, casi no pude detener más la lectura que podía seguir, nueva y la misma, hasta el infinito, como una banda de Moebius. Pero la tristeza también me embargó, esa tristeza, gozosa, sí, que se queda flotando después de leer una gran obra de la que desde hacía años tenía imágenes grabadas, ideas, recuerdos.

Y por eso empecé la lectura una vez más. Por un recuerdo que confluye con este tiempo. El recuerdo es de ese regalo que di, sin saber con precisión lo que regalaba, pero con la intuición certera y feliz que marcó mis 16. Imágenes como ésa de la etiqueta del Anís del mono, diabólica. Y el Casino de la Selva, ahora desaparecido, un recuerdo infantil que permanece en mi memoria de la mano de mi padre y mi madre, y se alimenta de las páginas que escribió Lowry. Y por supuesto, ese entrañable personaje, incomprendido y tan cercano en tantos momentos, con su prisma reflejante. Y mucho de eso, ahora, lo converso y redescubro. Es un privilegio.

Y se vuelve distinto, prismático y alegre, y se reinventa.



lunes, 2 de noviembre de 2009

hoy










































Hoy ha sido un día emocionante. Por
muchas razones, pero ésta fue maravillosa.

Encontré a mi prima en la red, mundo virtual y real. Golda, la única otra que conozco con mi nombre, ese que a tantos incomoda o hace reír (antes también a mí, aunque desde hace tiempo lo disfruto tanto mi nombre) y ella me envió fotos de mi abuela, Golda Rightman, y de la tumba de mis abuelos.

Estoy emocionada. Qué rostro éste que se ve. Una mujer fuerte.
Y un nombre compartido. Más que compartido, con el significado de una familia.

Nunca pensé que tendría esta tumba para visitar.
Simplemente no lo pensé.
Ni siquiera sé, aún, el lugar donde se encuentra.




viernes, 30 de octubre de 2009

Preludio de la Suite número 1 de Bach





El pie sigue roto (y seguirá),
¿Será que eso me lleva de nuevo,
inexorablemente a las Suites
para cello de Bach?


Ahora intercambiamos versiones
mi querido y eterno amigo, Pedro,
y yo. Obsesivamente lo hacemos.
La colección aumenta. Descubrimos
nuevos matices, ritmos, sabores,
sentidos, pasiones.


Pero Mischa Maisky, con su perfección
técnica, muestra una pasión que termina
por hacer presa de mí.
Y eso que a veces intento, no sé como
para qué, pretender indiferencia al
escucharlo. Como cuando de niño juegas
a aguantar las cosquillas en las
plantas de los pies. Es imposible
Su interpretación es más poderosa
que cualquier voluntad.


Más allá de cualquier consideración,
sea la que sea, política, ideológica,
incluso estética cuando uno lo ve
con esas camisas abiertas y debajo,
collares de oro, al lado de la
talentosa y nerviosa Marta Argerich.


La música, decía Baremboim, va más
allá de esas elucubraciones. ¿Será?


miércoles, 28 de octubre de 2009

Pie roto


Un pie roto, ése fue el resultado de un mal paso. Literalmente. Y además, hubo espectáculo, más bien ridículo. No jugaba futbol, ni corría apresurada por las calles irregulares del Defe ni brincaba ni nada precisamente heróico o sexy o interesante.
Estaba en un café, a punto de irme. Di una pisada en falso que al tratar de corregir, salió peor. Caí sobre el mismo pie, doblado, tras atorarme con algo que pudo ser alfombra, pata de mesa o pata de silla, o mi propia pata, y horizontalmente. Di vueltas sobre mi eje, horizontal, quejándome, mientras tres meseros me veían desde lo alto, angustiados. Como trataban de hacer algo, pensé que quizá parecían convulsiones epilépticas o algo así. Entonces, les dije, "Sólo me caí..." y seguí tratando de que el dolor se fuera. Querían pararme rápido, pero yo ni podía. Luego ya me paré, me quité la bota y ellos me dieron unos hielos que puse durante un buen rato sobre una bola gigante... Ni siquiera me daba frío el hielo. Y los meseros, tres, me ofrecían alternadamente un tecito, un agüita, una pomadita, algo, otro café, una galleta. Algo para hacerme sentir mejor, tan mal me vería o tan mal aspecto daría al café que de todos modos, siempre está vacío.
Luego, uno de ellos que sabía primeros auxilios me puso lonol y una venda. Y lo dejé porque los veía casi tan desconsolados como yo que no dejaba de condolerme. Además de que estaba esperando a Xime que saldría pronto de su clase de guitarra y... qué hacer... había que irse de ahí de alguna manera.
Carlos Antonio, muy querido, tuvo a bien ir a recogerme y llevarme al hospital, empujar la silla de ruedas y traerme de regreso a la casa. Xime amenizaba el drama con la guitarra y trataba de superar el aburrimiento de la espera hospitalaria: radiografías, consulta, tiempo perdido...
La radiografía indicó una posible fractura de peroné, esguince, hematoma. El yeso y el dolor se instalaron. Todavía duele con todo y antiinflamatorios para gigantes, y aún adentro del yeso, duele el tobillo y el peroné. En 15 días se verá si la fractura fue o no fue. Si no, me quitarán el yeso que ya ni a yeso llega, pues es algo muy azul y químico, una superficie que no admite dibujitos ni firmas, lo único lindo de tener un yeso. Y su sí, estaré 10 semanas más inmóvil.

El viernes 30 de octubre me iba de viaje. Cancelado. No diré adónde porque resulta más doloroso así que nadie pregunte porque no responderé a ello. Sólo diré que es de esos viajes improbables y muy deseables que no se presentan muchas veces en la vida. Ni modo... Encima, se descompuso la lavadora e inundé el cuarto de la vecina...

Entonces, dada la alineación de los astros que parece influir a más de uno, en otras partes del continente, (o será solidaridad astral), lo mejor por ahora es quedarme quieta hasta nuevo aviso radiográfico. Y hasta no maniobrar bien las muletas que me prestó mi querida amiga Ana.

Gracias a los amigos queridos que me han ayudado en esta situación. Y a la paciencia de Ximena.




domingo, 25 de octubre de 2009

Las suites de Bach


Si hay una música que me haga desaparecer y transportarme es ésta. Todo lo demás languidece para mí al lado de las Suites para chelo de Bach. Es una música que se apodera de mí, tanto que a veces prefiero no escucharla. Y además es inevitable, desde que la oí la primera vez no pude creerlo. Esta clase de Paul Tortelier me la hizo notar mi querido Pedro. Recuerdo un día que Raquel y Lorena llegaron a casa con una grabación de Tortelier. No lo conocía. Me gustó mucho, pero no fue mi favorita. Mucho se puede hablar de las Suites. Sus interpretaciones, distintas todas. Pero esta clase magistral de Tortelier es conmovedora y pone en perspectiva mi opinión. Volveré al disco en cuanto pueda, con otros ojos y oídos. Tortelier demuestra conocer cada nota, cada movimiento, la cadencia del compás y los cambios de ritmo y sentimiento. Ve la música y la siente. Y mueve y toca su instrumento con la confianza de quien lo ha hecho mucho, mucho... Y eso lo transmite a sus alumnos, fascinados, quizá incluso ¿apabullados? Después viene un pedacito de un concierto, más frío, me pareció y él, tenso. ¿Será que el escenario tiene esos efectos sobre los intérpretes?


jueves, 22 de octubre de 2009

Y ésta...





Me da risa, pero no deja de gustarme.



miércoles, 21 de octubre de 2009

¿hay un límite



Para escuchar la misma canción
una y otra vez, tenerla en mente
y ¿subirla al blog?



Palabras y frases resuenan:

demolición

animal herido

fiarse

me he perdido

imperturbabilidad

candados

balcón

advertido

derruido

puro

tras ver el mensaje

prohibido

justamente, así no...



y así...




lunes, 19 de octubre de 2009

Sueños III/V


El sueño de esa noche había aparecido antes en un intento de poema, triste. Lo había olvidado hasta que lo encontró, apenas releído.

Caían del borde de una presa al agua profunda y oscura. Al fondo, el lodo los atrapaba y sus movimientos en vez de sacarlos a flote, los hundían más. De la mano y juntos no detenían su descenso. Y supieron que era el final sin sufrimiento; podían darse la mano, recordar la risa compartida, aunque cada vez respiraban menos.

a pesar del poco tiempo no parecían desconocidos. Sabían mucho uno del otro, por adivinación, por pasar las horas juntos. Sabían del paso de los años y de algunos miedos, los más profundos. Porque no se debían nada al conocerse, más que la verdad. Y la caída a ese fondo sin medida era lenta, desprovista de angustia. Placentera. Y mortal.

Uno de sus apelativos era el mismo. Ése de quien alguna vez la llevó a caminar al borde del precipicio. Ella era niña entonces y venció el miedo que paralizaba sus piernas. Caminó detrás de él, como quien camina tras el deseo sin desearlo, sin necesitarlo aún, sin alejar su mirada de los pies que la precedían. Mirando de frente para no ver al vacío y perder el equilibrio. A la izquierda, caída libre. Del otro lado, el agua turbia.

En su sueño ella y él estaban juntos. Y así caían, de la mano. Al fondo, el bosque.

Y nada en este momento de la noche, de la madrugada, tenía que ver su pasado. Más que la memoria.



viernes, 9 de octubre de 2009

Arte poética

de Jorge Luis Borges


Mirar el río hecho de tiempo y agua


y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río


y que los rostros pasan como el agua.


Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche , que se llama sueño.


Ver en el día o en el año un símbolo

de los días del hombre y de sus años,

convertir el ultraje de los años

en una música, un rumor, y un símbolo,


ver en la muerte el sueño, en el ocaso

un triste oro, tal es la poesía

que es inmortal y pobre. La poesía

vuelve como la aurora y el ocaso.


A veces en las tardes una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara.


También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable.



A veces, desde este espacio creado, imaginario, pienso en la poesía de Borges. No sé por qué, sólo llega, casi anticlimática, delatadora, y no me importa. A mí me gusta. Es parte también de conversaciones imaginarias sostenidas en espacios virtuales con personas/personajes que pertenecen al más estricto silencio. Al secreto.

Y también de lo nuevo que irremediablemente pasa, como el agua, a perderse en el océano, para dejar de ser espejo, de ser entorno y abrazo. Por la fuerza grave, o será gravada, a la que para efectos de la física suele llamársele gravedad.

Esto es una despedida. Con sonrisas dulces.




martes, 6 de octubre de 2009

Volar


Pensaba que quizá es así como uno puede volverse adicto a volar. Eso dijeron y yo no entendí, más bien me dio risa: "el único peligro es que te vuelvas adicto", dijo Miguel Gutiérrez y ahora no olvido sus palabras.
Primero, la relajante sensación de flotar a esa altura, a la misma que el halcón cola roja que nos recibió en lo alto de la montaña. Fue un sentimiento muy feliz y tranquilo, y relajado. Uno se olvida de todo lo demás, del peligro sobre todo. El bosque se ve nítido, lo mismo que los techos de las casas. Y entre las nubes, lo primero que quise hacer fue sentir su olor.

Después, supongo, me habré sobre oxigenado, porque me daban ganas de respirar ese aire que era distinto. Por eso quizá el mareo al final, que tampoco olvido, aunque casi.



La pregunta es: ¿volvería a hacerlo?

No lo sabré hasta que me ocurra estar en una situación parecida. Justo así como fue en esta ocasión: sin realmente buscarlo, sin haberlo planeado, sin haber pensado en eso hasta que alguien lo propuso, hasta que Carol dijo, y ¿volar? ¿no se les antoja?

Ahora veo esta foto, mi pie en el aire y el sol que se sentía calientito y sabroso, y quiero estar ahí otra vez.



lunes, 5 de octubre de 2009

Valle de Bravo


Un fin de semana lindo e inspirador que me dejó ganas de bosque, de ciudad pequeña e interesante, de calma para leer, de tiempo para todo, incluso volar y pensar en todo eso que las prisas impiden. Qué ganas de cambiar de ritmos de vida.

Y ésta, una de las fotos que tomé desde el parapente (que salvo por el mareo al bajar que estuvo intenso, fue una experiencia deliciosa). Qué sensación más poderosa esa de vencer la fuerza de la gravedad, tocar las nubes, flotar (sin la gracia del halcón que nos recibió en la montaña, pero sí con emoción) y verlo todo desde lo alto, el viento en el rostro, el verde y el azul en los ojos. Como si para eso estuviéramos hechos...



lunes, 28 de septiembre de 2009

de este blog


Mi único temor (no, miento, uno de tantos) es perder la voz por el compromiso. Sujetarla a la lectura de los otros. Y como cualquier otra escritura, o casi, sólo está dedicada a uno mismo, a fantasías las más privadas, a seres por completo imaginarios, sin nombre ni apellido, a personajes creados y quizá, nunca explícitos.

Al final, no rebaso ese margen. Es decir, al final la comprometo.

El número de textos guardados en archivos casi olvidados empieza a ser mayor de lo que brilla en las pantallas. Ése es quizá el indicio de que en vez de seguir por el camino elegido hace ya casi dos años (entonces poco definido y siempre cambiante), y con ese Carpe Diem que me ha tomado por asalto (el principio asociado a quien lo dijo, con nombre y apellido, hace mucho menos -y mucho más que todo al mismo tiempo, como un sobreviviente de otra época, de otro mundo casi extinto- pero tan intenso, por razones inexplicables, incomprensibles y eso no importa), decía yo en esta frase mal escrita y demasiado larga, es un indicio de algún peligro.

Así que en la historia planeada desde antes de que empezara (y yo pensara) incluso el mes de agosto, se ha detenido. Y tan sólo me pregunto, cada noche y en el día, ¿y si mejor evito este aparador y me dedico a otra cosa, sin comprometer nada que me importe? Sin releer y querer borrarlo todo de tan personal. De tan oscuro al mismo tiempo. Sería mejor lo impersonal y con de humor, que suele huir de mis letras, salvo cuando es involuntario.

Al final, todo parece indicar que va a ganar lo generacional. Y yo, prefiero seguir siendo de otra época. Y mientras lo decido, un post más y sigue inconclusa la historia.