viernes, 30 de octubre de 2009

Preludio de la Suite número 1 de Bach





El pie sigue roto (y seguirá),
¿Será que eso me lleva de nuevo,
inexorablemente a las Suites
para cello de Bach?


Ahora intercambiamos versiones
mi querido y eterno amigo, Pedro,
y yo. Obsesivamente lo hacemos.
La colección aumenta. Descubrimos
nuevos matices, ritmos, sabores,
sentidos, pasiones.


Pero Mischa Maisky, con su perfección
técnica, muestra una pasión que termina
por hacer presa de mí.
Y eso que a veces intento, no sé como
para qué, pretender indiferencia al
escucharlo. Como cuando de niño juegas
a aguantar las cosquillas en las
plantas de los pies. Es imposible
Su interpretación es más poderosa
que cualquier voluntad.


Más allá de cualquier consideración,
sea la que sea, política, ideológica,
incluso estética cuando uno lo ve
con esas camisas abiertas y debajo,
collares de oro, al lado de la
talentosa y nerviosa Marta Argerich.


La música, decía Baremboim, va más
allá de esas elucubraciones. ¿Será?


miércoles, 28 de octubre de 2009

Pie roto


Un pie roto, ése fue el resultado de un mal paso. Literalmente. Y además, hubo espectáculo, más bien ridículo. No jugaba futbol, ni corría apresurada por las calles irregulares del Defe ni brincaba ni nada precisamente heróico o sexy o interesante.
Estaba en un café, a punto de irme. Di una pisada en falso que al tratar de corregir, salió peor. Caí sobre el mismo pie, doblado, tras atorarme con algo que pudo ser alfombra, pata de mesa o pata de silla, o mi propia pata, y horizontalmente. Di vueltas sobre mi eje, horizontal, quejándome, mientras tres meseros me veían desde lo alto, angustiados. Como trataban de hacer algo, pensé que quizá parecían convulsiones epilépticas o algo así. Entonces, les dije, "Sólo me caí..." y seguí tratando de que el dolor se fuera. Querían pararme rápido, pero yo ni podía. Luego ya me paré, me quité la bota y ellos me dieron unos hielos que puse durante un buen rato sobre una bola gigante... Ni siquiera me daba frío el hielo. Y los meseros, tres, me ofrecían alternadamente un tecito, un agüita, una pomadita, algo, otro café, una galleta. Algo para hacerme sentir mejor, tan mal me vería o tan mal aspecto daría al café que de todos modos, siempre está vacío.
Luego, uno de ellos que sabía primeros auxilios me puso lonol y una venda. Y lo dejé porque los veía casi tan desconsolados como yo que no dejaba de condolerme. Además de que estaba esperando a Xime que saldría pronto de su clase de guitarra y... qué hacer... había que irse de ahí de alguna manera.
Carlos Antonio, muy querido, tuvo a bien ir a recogerme y llevarme al hospital, empujar la silla de ruedas y traerme de regreso a la casa. Xime amenizaba el drama con la guitarra y trataba de superar el aburrimiento de la espera hospitalaria: radiografías, consulta, tiempo perdido...
La radiografía indicó una posible fractura de peroné, esguince, hematoma. El yeso y el dolor se instalaron. Todavía duele con todo y antiinflamatorios para gigantes, y aún adentro del yeso, duele el tobillo y el peroné. En 15 días se verá si la fractura fue o no fue. Si no, me quitarán el yeso que ya ni a yeso llega, pues es algo muy azul y químico, una superficie que no admite dibujitos ni firmas, lo único lindo de tener un yeso. Y su sí, estaré 10 semanas más inmóvil.

El viernes 30 de octubre me iba de viaje. Cancelado. No diré adónde porque resulta más doloroso así que nadie pregunte porque no responderé a ello. Sólo diré que es de esos viajes improbables y muy deseables que no se presentan muchas veces en la vida. Ni modo... Encima, se descompuso la lavadora e inundé el cuarto de la vecina...

Entonces, dada la alineación de los astros que parece influir a más de uno, en otras partes del continente, (o será solidaridad astral), lo mejor por ahora es quedarme quieta hasta nuevo aviso radiográfico. Y hasta no maniobrar bien las muletas que me prestó mi querida amiga Ana.

Gracias a los amigos queridos que me han ayudado en esta situación. Y a la paciencia de Ximena.




domingo, 25 de octubre de 2009

Las suites de Bach


Si hay una música que me haga desaparecer y transportarme es ésta. Todo lo demás languidece para mí al lado de las Suites para chelo de Bach. Es una música que se apodera de mí, tanto que a veces prefiero no escucharla. Y además es inevitable, desde que la oí la primera vez no pude creerlo. Esta clase de Paul Tortelier me la hizo notar mi querido Pedro. Recuerdo un día que Raquel y Lorena llegaron a casa con una grabación de Tortelier. No lo conocía. Me gustó mucho, pero no fue mi favorita. Mucho se puede hablar de las Suites. Sus interpretaciones, distintas todas. Pero esta clase magistral de Tortelier es conmovedora y pone en perspectiva mi opinión. Volveré al disco en cuanto pueda, con otros ojos y oídos. Tortelier demuestra conocer cada nota, cada movimiento, la cadencia del compás y los cambios de ritmo y sentimiento. Ve la música y la siente. Y mueve y toca su instrumento con la confianza de quien lo ha hecho mucho, mucho... Y eso lo transmite a sus alumnos, fascinados, quizá incluso ¿apabullados? Después viene un pedacito de un concierto, más frío, me pareció y él, tenso. ¿Será que el escenario tiene esos efectos sobre los intérpretes?


jueves, 22 de octubre de 2009

Y ésta...





Me da risa, pero no deja de gustarme.



miércoles, 21 de octubre de 2009

¿hay un límite



Para escuchar la misma canción
una y otra vez, tenerla en mente
y ¿subirla al blog?



Palabras y frases resuenan:

demolición

animal herido

fiarse

me he perdido

imperturbabilidad

candados

balcón

advertido

derruido

puro

tras ver el mensaje

prohibido

justamente, así no...



y así...




lunes, 19 de octubre de 2009

Sueños III/V


El sueño de esa noche había aparecido antes en un intento de poema, triste. Lo había olvidado hasta que lo encontró, apenas releído.

Caían del borde de una presa al agua profunda y oscura. Al fondo, el lodo los atrapaba y sus movimientos en vez de sacarlos a flote, los hundían más. De la mano y juntos no detenían su descenso. Y supieron que era el final sin sufrimiento; podían darse la mano, recordar la risa compartida, aunque cada vez respiraban menos.

a pesar del poco tiempo no parecían desconocidos. Sabían mucho uno del otro, por adivinación, por pasar las horas juntos. Sabían del paso de los años y de algunos miedos, los más profundos. Porque no se debían nada al conocerse, más que la verdad. Y la caída a ese fondo sin medida era lenta, desprovista de angustia. Placentera. Y mortal.

Uno de sus apelativos era el mismo. Ése de quien alguna vez la llevó a caminar al borde del precipicio. Ella era niña entonces y venció el miedo que paralizaba sus piernas. Caminó detrás de él, como quien camina tras el deseo sin desearlo, sin necesitarlo aún, sin alejar su mirada de los pies que la precedían. Mirando de frente para no ver al vacío y perder el equilibrio. A la izquierda, caída libre. Del otro lado, el agua turbia.

En su sueño ella y él estaban juntos. Y así caían, de la mano. Al fondo, el bosque.

Y nada en este momento de la noche, de la madrugada, tenía que ver su pasado. Más que la memoria.



viernes, 9 de octubre de 2009

Arte poética

de Jorge Luis Borges


Mirar el río hecho de tiempo y agua


y recordar que el tiempo es otro río,

saber que nos perdemos como el río


y que los rostros pasan como el agua.


Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche , que se llama sueño.


Ver en el día o en el año un símbolo

de los días del hombre y de sus años,

convertir el ultraje de los años

en una música, un rumor, y un símbolo,


ver en la muerte el sueño, en el ocaso

un triste oro, tal es la poesía

que es inmortal y pobre. La poesía

vuelve como la aurora y el ocaso.


A veces en las tardes una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara.


También es como el río interminable

que pasa y queda y es cristal de un mismo

Heráclito inconstante, que es el mismo

y es otro, como el río interminable.



A veces, desde este espacio creado, imaginario, pienso en la poesía de Borges. No sé por qué, sólo llega, casi anticlimática, delatadora, y no me importa. A mí me gusta. Es parte también de conversaciones imaginarias sostenidas en espacios virtuales con personas/personajes que pertenecen al más estricto silencio. Al secreto.

Y también de lo nuevo que irremediablemente pasa, como el agua, a perderse en el océano, para dejar de ser espejo, de ser entorno y abrazo. Por la fuerza grave, o será gravada, a la que para efectos de la física suele llamársele gravedad.

Esto es una despedida. Con sonrisas dulces.




martes, 6 de octubre de 2009

Volar


Pensaba que quizá es así como uno puede volverse adicto a volar. Eso dijeron y yo no entendí, más bien me dio risa: "el único peligro es que te vuelvas adicto", dijo Miguel Gutiérrez y ahora no olvido sus palabras.
Primero, la relajante sensación de flotar a esa altura, a la misma que el halcón cola roja que nos recibió en lo alto de la montaña. Fue un sentimiento muy feliz y tranquilo, y relajado. Uno se olvida de todo lo demás, del peligro sobre todo. El bosque se ve nítido, lo mismo que los techos de las casas. Y entre las nubes, lo primero que quise hacer fue sentir su olor.

Después, supongo, me habré sobre oxigenado, porque me daban ganas de respirar ese aire que era distinto. Por eso quizá el mareo al final, que tampoco olvido, aunque casi.



La pregunta es: ¿volvería a hacerlo?

No lo sabré hasta que me ocurra estar en una situación parecida. Justo así como fue en esta ocasión: sin realmente buscarlo, sin haberlo planeado, sin haber pensado en eso hasta que alguien lo propuso, hasta que Carol dijo, y ¿volar? ¿no se les antoja?

Ahora veo esta foto, mi pie en el aire y el sol que se sentía calientito y sabroso, y quiero estar ahí otra vez.



lunes, 5 de octubre de 2009

Valle de Bravo


Un fin de semana lindo e inspirador que me dejó ganas de bosque, de ciudad pequeña e interesante, de calma para leer, de tiempo para todo, incluso volar y pensar en todo eso que las prisas impiden. Qué ganas de cambiar de ritmos de vida.

Y ésta, una de las fotos que tomé desde el parapente (que salvo por el mareo al bajar que estuvo intenso, fue una experiencia deliciosa). Qué sensación más poderosa esa de vencer la fuerza de la gravedad, tocar las nubes, flotar (sin la gracia del halcón que nos recibió en la montaña, pero sí con emoción) y verlo todo desde lo alto, el viento en el rostro, el verde y el azul en los ojos. Como si para eso estuviéramos hechos...