sábado, 14 de noviembre de 2009

Arcoiris




Un arcoiris siempre me maravilla. En la foto brilla poco. Ese día, tempranito antes de las siete, se le veía de un lado a otro, muy brillante, desde el balcón. A los pocos minutos se disolvió (como a veces la felicidad). Su recuerdo es, sin embargo feliz, como todo arcoiris, un recuerdo del futuro.

Éste es el post número 200. Cuando empecé a escribirlo, hace casi dos años, ni siquiera creí que pasaría de una semana...





miércoles, 4 de noviembre de 2009

Bajo el volcán

Leer Bajo el volcán ha sido una experiencia intensa. El primer capítulo es como ascender al Popocatépetl, cuando uno lo lee por primera vez. No en vano CAS (experto en Bajo el volcán, entre otros temas literarios), afirma que hay que superarlo y después, no se puede dejar el libro. Es cierto. O lo fue para mí, en todo caso.

Aunque mucho y con mucha seriedad y conocimiento de causa (y también sin él) se ha escrito sobre esa novela, no quiero dejar de expresar mi opinión.

Continuar la lectura tampoco resulta tan sencillo. Por la enorme tristeza y desesperación que pueden despertar las cavilaciones de Geoffrey Firmin, y sus andares. Hay, sin embargo, a quienes les ha producido cansancio y rechazo. A mí me ocurrió en un intento previo, pero lo atribuyo a una reacción frente a uno de los lados del prisma que es la locura: un enorme prisma con muchas, incontables caras hechas de espejos que reflejan a quien la sostiene y, parcialmente, a quien se refleja en ella por mirarlo. Ahí se encuentran la propia y la ajena, a veces irremediablemente y con resultados fatales. Y a veces es tan desagradable lo que vemos, o asusta tanto, que es fácil decir "no me gustó". Porque me parece casi imposible negar la belleza de esas descripciones.

Al final, la tristeza es patente. Pero no conviene hablar de los finales. Sobre todo porque (me repito, pero quiero subrayarlo) la belleza a todo lo largo del libro sobrecoge al lector y negarla es una necedad. Imágenes, descripciones, comparaciones de paseos, de calles, de los volcanes, de la ciudad, de los sentimientos, del amor, del desamor, del infierno, del paraíso, de la imposibilidad absoluta de detenerse y de cambiar los hechos y su desenlace. De un México que amamos y odiamos por tanto que ahí se expresa y que el autor ve desde fuera, y desde ahí mismo, con precisión. O con esa precisión borrosa que da el alcohol y que no por borrosa, o por verse a través del fondo de una botella, es menos precisa. Un México y una ciudad que han cambiado, quizá sin cambiar demasiado en el fondo, y a pesar nuestro, en más de un aspecto profundo y real, esa "cultura política". Pero en esas páginas está presente lo universal, aunque sea México el lugar donde todo ocurre, los hechos.

Al final, CAS me recomendó leer de nuevo el primer capítulo y claro, casi no pude detener más la lectura que podía seguir, nueva y la misma, hasta el infinito, como una banda de Moebius. Pero la tristeza también me embargó, esa tristeza, gozosa, sí, que se queda flotando después de leer una gran obra de la que desde hacía años tenía imágenes grabadas, ideas, recuerdos.

Y por eso empecé la lectura una vez más. Por un recuerdo que confluye con este tiempo. El recuerdo es de ese regalo que di, sin saber con precisión lo que regalaba, pero con la intuición certera y feliz que marcó mis 16. Imágenes como ésa de la etiqueta del Anís del mono, diabólica. Y el Casino de la Selva, ahora desaparecido, un recuerdo infantil que permanece en mi memoria de la mano de mi padre y mi madre, y se alimenta de las páginas que escribió Lowry. Y por supuesto, ese entrañable personaje, incomprendido y tan cercano en tantos momentos, con su prisma reflejante. Y mucho de eso, ahora, lo converso y redescubro. Es un privilegio.

Y se vuelve distinto, prismático y alegre, y se reinventa.



lunes, 2 de noviembre de 2009

hoy










































Hoy ha sido un día emocionante. Por
muchas razones, pero ésta fue maravillosa.

Encontré a mi prima en la red, mundo virtual y real. Golda, la única otra que conozco con mi nombre, ese que a tantos incomoda o hace reír (antes también a mí, aunque desde hace tiempo lo disfruto tanto mi nombre) y ella me envió fotos de mi abuela, Golda Rightman, y de la tumba de mis abuelos.

Estoy emocionada. Qué rostro éste que se ve. Una mujer fuerte.
Y un nombre compartido. Más que compartido, con el significado de una familia.

Nunca pensé que tendría esta tumba para visitar.
Simplemente no lo pensé.
Ni siquiera sé, aún, el lugar donde se encuentra.