domingo, 14 de marzo de 2010

Retratos escritos

Y como de leer se trata últimamente, ayer Luis Landero me iluminó el día. Retrato de un hombre inmaduro está escrita en un castellano tan correcto, tan suave, tan agradable y simpático, que es una delicia.


La historia, a ratos graciosísima de tan verosímil, no deja de parecer increíble en ciertos episodios, más por una  sensación de vergüenza que de irrealidad. Es un espejo del hombre común. Una burla también, desmitificadora, atea. Todo con un gran ritmo y una sutileza adorable (incluso cuando es un monólogo), en la que no hay un drama extremo, ni una gran felicidad más que en el reino de la fantasía. Al final tiene los elementos de esa perspectiva que pareciera no poder ser de otra manera en la actualidad (a riesgo de parecer miembro de alguna secta religiosa): tristeza, desesperanza, sin otra opción que vivir la vida propia a sabiendas del desastre, propio y que nos rodea. 


Las reflexiones del autor que salpican todo el texto son también deliciosas. Hay una sobre las palabras y la verdad, que cito: "A lo mejor es que la verdad rehúye por norma el hospedaje gratis que le ofrecen las palabras. Pero, por otro lado, tampoco en el ardor del debate es pecado mentir. O trampear entre el saber y la elocuencia [...] Y muchas mentiras, ¿qué son sino la versión libre de una verdad?...". Y sigue, sigue su disertación sobre este tema, que sólo da lugar a sonrisas, a veces, como hoy, tan necesarias. 


Y por eso, lo mejor, además de maravillarme con el lenguaje que no me cansó ni un minuto, fue que me hizo soltar un par de carcajadas de esas que sorprenden por su aparición sorpresiva en medio de la aparente inmovilidad del lector. Luis Landero fue para mí un gran descubrimiento.






martes, 9 de marzo de 2010

Plataforma o el paraíso perdido de Houellebecq


Por lo menos, siempre queda la lectura. Siempre. Es lo más constante en mi vida, lo menos complicado y siempre placentero. 

Anoche terminé el libro de uno de los autores más pesimistas que he leído. Por actual, en parte, porque habla el idioma del mundo contemporáneo y burgués, quizá. Por que la esperanza simplemente se esfuma en sus historias. 

En Plataforma, Michel Houellebecq nos atrapa con reflexiones poderosas sobre la vida de sus personajes y sobre la vida urbana, la que se reproduce en medio de cemento, acumulación, competencia. La sensualidad, y escenas sexuales muy detalladas, aparecen con gran naturalidad y con una sinceridad que despierta simpatía. Después, va construyendo a sus personajes y su historia, de modo que vemos transformaciones que podrían parecer imposibles. Pero le creemos, claro está, porque alcanza esa credibilidad con los detalles de sus relatos, con la fuerza de lo real que envuelve a sus personajes, con la manera gradual en la que va incluyendo la tensión, casi cinematográfica por visible y obvia: tensiones étnicas, explosiones, asaltos, de repente se convierten en el contexto indiscutible del relato que parecía exclusivamente europeo. 

Y también está su crítica de Occidente. Su explicación sobre por qué el sexo ya no funciona en las sociedades occidentales cae en el moralismo, en la ilusión del buen salvaje. De todos modos, no deja de ser atractiva esa idea planteada desde una posición mucho más honesta, en la que se reconoce el placer y su omnipresencia. Y quizá esté dando cuenta de algo que es real y que parece salir a flote cada vez más, que tiene que ver con ciertos aspectos de sexualidades distintas, o con la enorme diversidad de las sexualidades, y la incomprensión que despiertan. Y con la soledad, que a estas alturas es la nueva expresión sexual de tantos.

De todos modos, es la visión de un hombre lo que ahí se plasma. Intenta equilibrar las opiniones, buscar el otro punto de vista, de la mujeres. Tampoco que eso sea necesario, al final de cuentas, eso tiene la ficción a su favor, por más profunda que pueda ser, y es que el autor puede elegir exactamente lo que quiera sin tener que dar mayores explicaciones. Sólo necesita lograr la credibilidad de sus voces.

Y otra idea del libro es la de indiferenciación, o mestizaje, entre todos los habitantes del planeta. Esa necesidad de ser similares. De consumir lo mismo, de tener los mismos referentes, de reconocerse en otros, por más distintos que sean, de ver siempre lo mismo en todas partes, de encontrar un campo común que sólo parece estar en el consumo, si acaso. 

Y al final todo conduce a la imposibilidad del paraíso, el resultado de la historia del mundo -de Occidente o del monoteísmo, o de todo junto-. Ahí, la humanidad occidental paga sus pecados con lo más preciado que tiene: el amor y el sexo. Una historia que, aunque nos compete en tanto occidentales y mestizos -como sólo podemos serlo los integrantes de la clase media con acceso al consumo, al internet, al cosmopolitismo-, sólo conduce al pesimismo. Es la historia (intercultural y laica) del paraíso perdido. Ese lugar en el que vivimos ¿desde siempre?





domingo, 7 de marzo de 2010

Which Way Home, otra vez



Which Way Home está entre los cinco documentales que podrían hoy obtener el premio llamado Oscar (enlace aquí). Y yo fui parte del equipo de trabajo, a cargo de la investigación.  


Algunos fueron a la ceremonia en Los Ángeles: por supuesto la directora Rebecca Cammisa. Otros lo veremos ( o no) por televisión  desde casa. Sí, me da emoción. Hoy pensaba que sería bueno ganar por varias razones, entre otras, porque un trabajo que costó tanto en términos humanos, y que implicó tantos riesgos para el equipo de filmación, además del riesgo que los migrantes asumen cada día, merece un reconocimiento que trascienda y, quizá, que haga a más gente ver eso que ocurre en el tránsito hacia Estados Unidos. Y también, porque a final de cuentas, es un reconocimiento a una labor de equipo y de todos los que ahí estuvimos y eso da gusto. Mucho.


Ya había hablado del documental en este espacio (el enlace: aquí), en un momento en el que ninguno de nosotros nos imaginábamos que pudiera estar en esa reducida lista. 


Ahora, sólo esperar (y ya muy poquito tiempo) y alegrarse.