lunes, 26 de abril de 2010

Hallazgo




"Hay hallazgos que hacen el honor completo a la palabra. Que ocurren y permenecen siempre así, despertando la admiración y la fortuna de haber estado ahí para vivirlos. Y claro, son inclasificables, aunque siempre todo pueda encontrar una etiqueta. El desafío es que no pierdan el sentido original, ni su fuerza, por el rótulo."

"Como el encuentro fortuito con un desconocido en un tiempo remoto, tan lejano que parece irreal" [salvo porque la dulce ocasión de recrearlo imaginariamente, comparar sensaciones y recuerdos, tuvo la fortuna de ocurrir tanto tiempo después; una correspondencia desaforada.] "Y el encuentro, entonces, fue resultado de la suerte, de las coincidencias, de un momento en que algo ocurrió. Dos personas que pasan casualmente por un lugar, se ven y se gustan. Y sin pensarlo mucho, hablan, y luego se aman y se encuentran, o quizá primero se encuentran y luego se aman. O quizá sea una tautología." 

[Y ocurre, acotado por el tiempo y por las circunstancias. Improbable y remoto, muy remoto. Y es el recuerdo perfecto. Tanto así que mejor es no tocarlo más que con el pétalo de las letras. No mirar el paso de los años, no pretender hacer de ese hallazgo otra cosa. Quererlo como fue y así, seguir viviendo. Y sí. Así nomás. Nostalgia pura.] 

Esto escribía hace casi un año [el texto de los corchetes es de ahora]. Se había quedado como uno de varios borradores que nunca llegan a ser públicos, sin nombres propios, sin referencias claras. Así, como les gusta ser a los secretos más sentidos. Guardados, como los sentimientos y los deseos que no encuentran un lugar sobre la Tierra, sólo flotan con los vientos. Añoranzas y fantasías que aparecen por ahí, reaparecen. Borradores de la vida. No se sabe muy bien por qué, o para qué. 

Para nada. Para sentir placer y esbozar una sonrisa tenue, de esas que traen consigo los recuerdos incandescentes. Para imaginar que esa persona quizá lo lea y también sonría, sin delatarse. Y sentir cómo esas memorias se convierten en sal, sal de mar.




sábado, 10 de abril de 2010

Francisco Goitia

Los ahorcados, de Francisco Goitia.

La imagen que apareció ayer en el periódico de dos ahorcados bajo un puente en Cuernavaca, además de darme horror y escalofríos, me hizo pensar en este cuadro de Francisco Goitia. No subo la del periódico por pudor y por un enorme miedo de lo que implica (junto con todo lo que se ve en los diarios mexicanos estos días). 


¿Sentiría el mismo horror el pintor zacatecano cuando pintaba esos cuadros de la Revolución Mexicana y recorría el territorio bajo el mando del general Felipe Ángeles? Fue uno de los contados pintores, si no es que el único, que estuvo en la Revolución y desde ahí pintó.


Más que hacer cualquier tipo de interpretación extraña sobre la estética de la guerra, la de antes, la de hoy, o de opinar sobre cualquier cosa, se me ocurrió una pregunta, perversa, lamentablemente, como la imagen misma. ¿No será que esa foto fue una especie de narcorreferencia al tan celebrado Centenario? Un remake de una escena, perverso y lamentable, porque los de la foto (igual que los que sirvieron de modelo para la pintura), estuvieron vivos y fueron parte de una guerra que no termina, ni parece que terminará nunca, de librarse.