miércoles, 25 de agosto de 2010

Águila ominosa, De Efe



Calle: Rubén Darío, ahí donde casi se junta con Reforma y entronca con Arquímedes. Es mi nueva ruta.


Manejo lentamente. No hay tráfico y veo hacia arriba, a las aves. Frente a mí, un águila. Cruza desde el camellón boscoso, me parece que son pinos, altos. El águila emprende el vuelo con la seguridad y prestancia que caracteriza a su especie, como si el aire no sólo fuera el medio idóneo para moverse, sino como si fuera suyo, su aire. Cruza frente a mí y la sigo con la mirada. Del otro lado, un enorme edificio ocupa la vista. Pienso que quizá el águila esté en el ángulo correcto para pasar a un lado, pero no. Choca contra los espejos, ventanas que desde su perspectiva reflejan el bosque y el cielo, tan azul ese día, a esa hora, las nubes. Desde mi punto de vista, el edificio se ve negro. El águila pierde la compostura. Yo imagino el estruendo, pero sólo veo su caída. Descompuesta la figura, las alas grandes dobladas hacia abajo, se mueve, gira. Sólo unos cuantos metros. Se incorpora con esfuerzo. Retoma el vuelo, sin elegancia. Duda y logra volver, trabajosamente, como envejecida, hacia la copa de un árbol. 


Me detengo a media calle, alternando la vista entre el árbol y el espejo retrovisor. Echada hacia adelante tratando de esquivar el techo del auto. Espero hasta que los veo acercarse, tengo que arrancar. El árbol había dejado de moverse y, hacia adentro, no se veía nada. 


Sigo mi camino y pienso que he visto algo inaudito, muy triste. Ominoso. La sensación de que algo terrible está ocurriendo, en el mundo, en México, en la calle, en la vida. O quizá sólo en mi vida, me perturba. No sé si detenerme y bajar pero es tarde para el trabajo. El día está repleto de quehaceres. Y eso no, no fue una pesadilla, aunque haya parecido.


Por suerte, no soy supersticiosa.





lunes, 23 de agosto de 2010



A veces, lo más fácil es irse a dormir, o intentarlo por lo menos. Porque los objetos de la casa huelen a humo, trasnochado, y las ideas se agolpan en una memoria que parece viva y a la que regresa la canción de siempre, de Christina Rosenvinge y Nacho Vegas, que no subiré una vez más a este espacio porque cansa, supongo, aunque a mí no me cansa. Nunca, parece. 

viernes, 20 de agosto de 2010

Insondable

Los días parecen enrarecerse felizmente. Efectos de ires y venires y de sentimientos encontrados, nada tristes. Cambios de vida, coincidencias extrañas y la música no se detiene. Mientras la nación twittera de México critica a Jaime López por haber compuesto una canción del bicentenario, yo escucho su disco (otro mejor, Hotel Garage), su voz, la guitarra de José Luis Domínguez... Y mi vida parece tomar el giro más extraño e impredescible, más bien, imposible. Como tantos imposibles que más que asustar, representan desafíos precisamente por eso. Aunque sigan siendo así, porque no veo de verdad cómo.
No lo sé. Y por no saberlo, no quererlo y quererlo al mismo tiempo, mejor me vuelvo insondable y al final de cuentas, ilegible.
Como ahorita. Como el momento.

domingo, 8 de agosto de 2010

Una tarde en La Lagunilla

Rico domingo, uno más, en La Lagunilla y alrededores. Sé que de ahí no soy, pero cómo me gusta. Y cada vez es diferente, porque siempre hay algo nuevo.  




Unos suecos de... ¿Díaz Ordaz?  ¿Alguien querrá tenerlos?

Tacos placeros, imposible decir no



Estilistas y pelo de donde cortar.

Boings de guayaba. 


¡¡¡Pedros Friedeberg para llevar!!!


Y lo mejor de esos domingos son los amigos para toda la vida... bueno seré más explícita... los amigos para toda la vida con los que voy a La Lagunilla, vuelvo a casa y este domingo me ayudaron a pensar en espacios, muebles, cuadros, luces. Me siento feliz.




jueves, 5 de agosto de 2010

no hay título



Se confunden las ideas, las decisiones. Los recuerdos flotan sin ser evocados, transitan el curso de las órbitas,  alrededor de los ojos, acechantes desde cualquier punto de una circunferencia imaginada. Los nombres de la lluvia refieren un rostro. Dolores que zumban en una caja. Momentos de alegría, no son. Ni de paz, ni de tranquilidad ni de gozo más que ese que viene de no detener la rueda de la angustia. Se acomodan los deseos al final de la línea, tras el biombo, en solitario, pequeños y silenciosos, agazapados.


Ya no se sabe si el día siguiente..., o el otro. Nada. Y de todos modos, en la desesperanza, nos carcajeamos de cantar sin concierto ni tono. Del hombre que se atreve a salir de la ruta asignada por el andar urbano. Por las normas de las luces rojas, de los carriles, de los horarios, de los entes que por designio han dejado de mirar y saludar. Del pelo que vuela cuando cae de súbito, ella, al piso, bajo la lluvia. De las 33 puñaladas que despertaron el recuerdo inexistente de la locura de otro, de los zapatos de un tigre que no correría con la planta contorsionada. Hoy más que ayer y que cualquier día distinto, el enigma se fortalece. Pero de todos modos escucho algo que me está de verdad gustando. Ni sé muy bien por qué. O quizá sí sepa.


Nine Rain: