sábado, 25 de septiembre de 2010

Aparecen


Aparecen las ideas, con toda fuerza. Son graciosas, profundas o por lo menos, críticas y divertidas. Son también el pie para mucho más, para historias, para soltarse ahí, frente al papel/pantalla. Un inicio, o un final, o sólo eso, el pie. Y nada. Se esfuman con la primera llamada, con las ocupaciones, con las búsquedas infructuosas e interminables de alguien, de algo. De todo eso que no es susceptible de darse. Porque apenas se fue la oportunidad, todo parece perderse, evaporarse, diluirse y entonces queda la nada. Mente vacía. Ideas perdidas. Nada. Y el pie es entonces sólo un tropiezo, mientras esperas la hora de salir a la calle para cumplir con la obligación siguiente. O quizá aparecen y ya están muertas.

Una bolsa de plástico llena de pendientes: libros pendientes, actividades pendientes, tareas pendientes, obligaciones pendientes, películas pendientes, respuestas pendientes, besos, sonrisas, pasos, caminos, palabras, también pendientes. Pagos pendientes. Vacaciones pendientes. Alegrías, sueños pendientes. Cuando miras, la vida se te ha convertido en eso, una enorme tarea pendiente que se desgasta cada mañana en recorrer el asfalto, en la silla aséptica del dentista, en todas las distracciones de colores, en la voz que resuena, en las letras que te brincan, en los ojos frecuentes que te asustan, en los que se van y los que regresan. En los reclamos. Una palabra. Una maraña. Ni la compañía ni la soledad. Todo se ha vuelto una maraña de equívocos sin importancia.