jueves, 16 de junio de 2011

De pasaportes denegados

Fui a la Secretaría de Relaciones Exteriores por mi pasaporte y no me lo dieron. Que iban a verificar que yo fuera yo, que mi identidad correspondiera con el pasaporte de 1996, también dijeron. 

Mis hipótesis son tres: 1) son tontos, 2) son ineptos, 3) les gusta inventarse trabajo y excusas de casos sin problema para las estadísticas de seguridad, y como se aproxima el informe... Algo así como: realizamos 5 mil verificaciones de casos dudosos, de los cuales sólo uno fue realmente dudoso, o dirán 7 que de seguro incluye a dos que nunca volvieron y uno que falleció en la sala de espera por desesperación o alguien que no tenía fe de bautismo en un país donde eso sigue siendo un documento oficial y hasta con más valor que, digamos, un acta de nacimiento.

Las tres podrían explicar lo sucedido y no fui la única. Había una chica en una situación más desesperada: hace diez años no se pintaba el pelo entonces de seguro se peinaba diferente, también. Su vuelo era para el día siguiente (mañana) y los "tres a cinco días hábiles de verificación en el archivo" la iban a costar más de 150 dólares y un viaje. ¿Estarán los archivos en lo más profundo de las Grutas de Cacahuamilpa? me preguntaba yo. 

Pero quizá lo peor no fue eso. Para mí. Sino el hecho de que hubiera tenido todo en orden y a tiempo, sacándole horas preciosas a mi vida que últimamente tiene la agenda llena con horarios de jornadas triples y cuátruples. Como tantos que andamos capoteando así la crisis. 

Lo peor en realidad fue eso. Todo estaba en orden, todas las fotocopias, las formas llenas con letra de molde, clara y con información precisa; la pluma de tinta negra; todo. Y llegar ante ese funcionario que me hizo preguntas que no me parecían pertinentes.  

- Ha cambiado mucho, se ve diferente. ¿Su cabello chino es natural?, preguntó.
- Diez años no pasan en balde, le dije. (Pensé que eso era una buena broma) - ¿O será porque me había peinado en la foto del pasaporte anterior? (Desde la escuela primaria me molestan por mi pelo, pensé, y me contuve para no decirle que me había hecho permanente).
- ¿De qué origen es su apellido?, me dijo mientras tomaba mis huellas digitales.
- Judío.
- ¿Habla hebreo?
- No. (Con ganas de decirle, mis huellas no han cambiado tanto. Se ven igual).
- ¿Qué idiomas habla? Porque en la ONU se habla inglés, francés, español, árabe y ¿sabe cuál otro?
- Chino.
Y me corrigió de inmediato: -No, es mandarín. 
- Ah, sí. Tiene usted razón.
- ¿Va a viajar pronto?
(¿De verdad tiene que hacer todas estas preguntas este señor? pensé, mientras lo veía sobar y escudriñar mi credencial de elector con las uñas sin cortar. No es su asunto, me dije).
- Probablemente, respondí.
- ¿Tiene más credenciales del IFE?
- ¿Debería tener más?
- Pase a la siguiente sala. A la foto.

Fui a la foto. Salí tan mal, que lo único que pensé es que no me iban a dejar entrar ni a la oficina. Pero me dio risa. Después, pasé una hora más leyendo en la sala de espera donde un par de niños se aburrían lo indecible. Yo luchaba contra el sueño, leía, pensaba en pendientes y me alegraba la idea de que saldría con el trámite resuelto.

Pero no. Me tocó el foco rojo, nomás que ni siquiera estaba la opción de apretar el botoncito y sentir que una concentración profunda en la buena suerte necesaria marcará el destino inmediato. Así que enfurruñada, de regreso pensaba a qué hora y qué día iba a poder escaparme del trabajo y perder quién sabe cuántas horas más, para recoger el pasaporte. Eso si su incursión en el archivo ratifica que sigo siendo yo desde 1996, que las arrugas en mis huellas digitales no alteran nada, que siempre he tenido el pelo rizado, aunque eso no lo pregunten en la parte correspondiente a señas particulares y aunque los lunares que luego se me olvidan estén ahí en la foto.

Pero más enojada estaba por el destino tan absolutamente estúpido que tienen nuestros impuestos. Por esa sensación de impotencia y por haber alimentado, una vez más, la fobia a los trámites burocráticos.

Uno entiende, más aún, invoca de inmediato el anarquismo cuando se enfrenta a los corredores grises, con rostros grises y luces grises de las burocracias.

Ya de regreso, radio prendida, escuché la voz de Carlos Elizondo: "Éste es un país atorado", explicaba en una entrevista. Y pienso que sí, que en gran medida tiene razón. Y lo peor es sentir que no hay modo de desatorarse, y cuando uno cree que puede hacer algo sin complicarse la vida, teniendo todo en regla, se topa con la realidad de este país no atorado, atoradísimo: donde persiguen a quienes no hay que perseguir, molestan a quienes no hay que molestar, les cobran impuestos y exigen todo a quienes menos aportan en términos proporcionales de ingresos, y lo peor, claro está, porque siempre hay algo peor, matan a los que no tienen que matar (a nadie tendría que matar el Estado, para empezar) en una guerra que ni guerra es y que no tendría que estarse librando en ningún lugar, pero menos en las ciudades pequeñas, al lado de las escuelas. 

Así las cosas, me da por pensar que vivimos en el país que no tendría que haber sido, en un equívoco.