domingo 16 de octubre de 2011
Sin límites
Hay días que todo duele. El aire frío, el cielo tan azul, el sol de invierno con su luz milagro, el recuerdo de las horas compartidas unas horas ha. La conocida ausencia, el viaje, el viaje del viaje, todo eso. El mensaje siempre doble, como la escalera y su sentido, sin sentido. Las conversaciones, las historias de vida, tan a fondo. Los recuerdos de la infancia, las aventuras, las miradas, las risas. Todo duele porque pareciera significar tan poco. Valer tan poco. Porque los límites desaparecen, o son tan difusos que se vuelven imperceptibles. O porque la ceguera es tan intensa (la propia), tanto como el sentimiento y el deseo. En la misma proporción.
El dolor se extiende desde la garganta, se ensancha en el pecho y luego toma cauces definidos; se manifiesta en punzadas, diáfanas y ardientes; se ramifica en el tórax; aparece en el vientre un vacío que crece, un nudo que se ensancha en palpitaciones de humo. Llega ahí, al huesito donde un día indicaste su inicio preciso. Recorre los muslos hacia el piso y en su cenit, más allá de la campana, llega al mar donde se desborda toda esa ternura estéril. Estéril, ésa la palabra. Amor que fecunda soledad, distancia, anhelos y ansiedades. El más doloroso de los amores, que parece darlo todo pero en realidad desconoce. Ávido siempre, no deja de buscar, de inconformarse, no encuentra su centro. Insatisfecho por naturaleza, no habrá mujer, idea, placer, experiencia vital, vida, que sacie su avidez infinita. Y tampoco habrá mujer, idea, placer, experiencia vital, vida satisfecha. Es el reino de la ansiedad perpetua, del no lugar. Ahí donde el dolor se instala a sus anchas.
Salir de ese perímetro difuso, pantanoso. Alejarme de sus ondas hipnotizantes. Ver lo evidente, lo intuido, lo que se difumina con los mismos ojos que te miro. Si tan sólo ése fuera mi destino hoy, dejaría de ser parte de ese universo punzante. Y quizá, sólo quizá, sería un poco más feliz.
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