viernes, 25 de noviembre de 2011

Abierto



Ella sabe que él tiene encuentros con otras mujeres. Y sufre. Busca la manera de enterarse de ello, con cierto morbo que en este caso puede definirse como una mezcla de curiosidad enfermiza, necesidad, manía incontrolable, búsqueda que no se sacia nunca. Y encuentra, siempre, pruebas, objetos, palabras, imágenes. Y se enferma y hace escenas. Pero no pasa a mayores. No se explica por qué ese sentimiento de inconformidad y desasosiego cuando ella misma ha tenido una vida diversa, más aún, incluso extrema. Su reacción es (casi) física.


La lectura del relato autobiográfico de Catherine Millet, Celos (editado en español por Anagrama), Jour de souffrance en francés, idioma original, es más que inquietante. Es una confesión, descriptiva, no reflexiva. Es un relato honesto. La autora expone una situación subjetiva y real, y la concluye sin grandes conclusiones. Por cansancio quizá, de lo mismo que describe. Casi como el realismo sucio, pero sin su efecto romántico y misterioso. Una lectura que abre y deja abierto un tema. Mucho más que un tema ¿un síntoma?








viernes, 18 de noviembre de 2011

Belleza






Algunos bordes comienzan a marchitarse, aunque sea un botón lo que miramos, tan recién nacido y ya es viejo. Como las almas que dicen reencontrarse, provenientes de otras épocas, algo de lo que se sabe por el brillo de los ojos y por el efecto inconfundible de una mano que roza la espalda. Un año puede ser tan poco, o tanto si se suma a esa antigüedad ignota, o si no esperas más que un diario transcurrir. Suficiente para saber que el amor encuentra sus formas, caprichosas, informes a veces.


Volvió a visitar los pasillos con sus piedras negras, y vio a los gatos que se escabullen entre el verde o que plácidos descansan al sol; escuchó el sonido del agua que cae tumultuosa mientras ascienden las pisadas, como quien llega a una cascada, al jardín interior, a las imágenes y apariciones que piden miradas para existir. 


Y al mismo tiempo se desborda la vida, sus horrores, sus amores, los dolores de otros y lo que se fue depositando en esos enormes sacos tan repletos de todo eso que llevamos siempre, inevitablemente, con o sin sonrisas, a cuestas, por los caminos. 



La belleza encuentra su propia muerte en objetos y seres, pero no deja de ser bella. 





sábado, 12 de noviembre de 2011

Se parece



Siempre es rico compartir amaneceres. Volver a lugares visitados tantas veces. Muros rojos, tenangos coloridos, imágenes que se habían fijado en recónditos lugares de la memoria y se recuperan con sus colores y sus formas.


Muy adentro de las capas de tiempo, de vidas, de dolores y desencuentros, y luego de las otras capas, de encuentros y sonrisas, y todo eso que une, como el tacto sutil con que me miras y, a pesar de tantas rondas por la vida y sus espacios, hay una semilla dura, como una piedra brillante. Sigue ahí, sin desvanecerse. Indiferente a la cercanía o a la distancia, inmune a los intentos por disolverla, propios, ajenos. Incluso ajena a la presencia o a la ausencia. Se parece tanto, dirían ahora. Y sí. Se parece. Al amor.