jueves, 16 de febrero de 2012

Santuario de Atotonilco

Reconocido hace unos años como Patrimonio de la Humanidad, la última vez que fui el techo de la entrada estaba cubierto de pintura azul oscuro y estrellas. En alguno de los bordes se alcanzaban a ver los murales coloridos que empezaban a asomarse, pero no se apreciaba en toda su magnitud lo que hoy día tuve la gran fortuna de ver: sin espacios en blanco más que aquellos que no pudieron recuperarse, el barroco mexicano popular recubre muros, techos y todo espacio posible. La visita tuvo al mejor guía, Roberto Burillo, el arquitecto que adoptó el Santuario hace más de 16 años, para promover su rescate y restauración.


Conmovedora es la vista de esos murales. Figuras de diablos, de rostros asustados, de hombres religiosos y mujeres creyentes. Angelitos, arcángeles y corazones rojos y sangrantes. Conchas, cruces y el cielo protector. Todo era sorpresa ahí. El color, la profusión de imágenes, el trompe l'oeuil de columnas, muros y arcos, casi infantil. Las figuras de tamaño real, las cúpulas todas adornadas y pintadas, al temple, según nos explicaría Roberto que conoce cada rincón de la iglesia en detalle. Los espejos pintados venidos de otros mundos y de otras épocas en el único altar barroco y recubierto de hoja de oro que sigue intacto. Las rosas en los muros, a modo de marcos de imágenes de iglesias. Y lo que me pareció quizá más novedoso: paredes repletas de poesía. Poemas a dios, a la historia de Cristo, a la Virgen y a las creencias religiosas. El padre Alfaro hizo mucho al construir el Santuario de Atotonilco. Tuvo muchas consideraciones en mente para hacerlo: el lugar del sitio que equiparaba  a Tierra Santa, la necesidad de educar a la población local en las creencias religiosas mediante imágenes y prácticas, y otras más que desconozco. 


Pero yo me pregunto si en el fondo, o en algún lugar de su deseo logrado y realizado, no habría también la descabellada idea de construirse un gran, enorme lienzo para plasmar todas las letras que para eso había imaginado. Casi como un grafitero escribió y escribió y escribió su poesía en cada uno de las paredes del santuario. Atotonilco es un lugar para admirar y observar cuidadosamente, pero sobre todo, es un lugar para leer, directo de los muros.


Malditos


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angelitos


en la fachada, apenas se distingue el arcángel