martes, 12 de junio de 2012

Escuchar, mirar




Esa noche pensó en cómo la vista es tan selectiva, en la inaprensible, o quizá inexistente, realidad objetiva.
 
En el prisma multifacético que sujeta entre las manos, interpuesto entre la vista, y su conexión emocional y cerebral, y lo mirado. Con un pedacito, de un color, se ve una cosa, con otro otra. Varios espacios y ángulos quedan ciegos y otros, quizá, multiplicados, brillantes. [Similar a esas migrañas selectivas, sólo que completamente íntimo, lo esencial, como diría Saint Exupéry.]



Algún día pensó que ese prisma era la definición de la locura personal que de esa forma se expresaba. Ahora, con mucha más tranquilidad que entonces, volvía a ver el prisma y su esplendor del lado por donde el sol, o la luna, lo alumbraban, según la hora en que la lucidez se aparecía.


Bastaron unas cuantas imágenes, letras, para hacer patente eso que supo siempre, aunque se escondiera en la perspectiva que proyectaba una de las pequeñas facetas del prisma, ocultándolo todo. Escondía eso para que la conexión de las miradas llegara siempre a ese lugar, el más profundo, intenso; donde el deseo parecía no tener ataduras; un reconocerse sin importar la circunstancia; tocarse como si de eso se tratara la vida. Y amarse también. Después todo se recomponía. La luz, la tarde, el clima, los objetos tomaban forma y los deberes reaparecían. La vida. Y así cada vez, desde la primera. Ocurría aunque la tierra cambiara sus paisajes y quedara cada uno en espacios intocados, lejos, fuera de alcance.

Sólo que uno vivía detenido, enfrascado en ese deseo. El otro, no. Lograba ir, venir, buscar. Vivía menos hipnotizado y tenía más claro su destino. 



Pero llegó la tarde en que lo vio todo, sin remedio. Aparecieron uno tras otro los contornos, los colores, las banderas, las consignas, las miradas, los nombres estampados. Se desplegaron sin posibilidad de omitirlas con el trasluz ondulante de un pequeño vidrio azul, con la proyección infinita de un opaquísimo verde, sin los colores de un arcoíris inventado. Estaban ahí con toda la claridad que siempre estuvieron a los ojos de quienes podían mirarlos. Para ella, en cambio, estuvieron siempre agazapados detrás del prisma. [Aunque lo haya sabido siempre]. 



El dolor llegó al mirarlo todo. Tembló de arriba a abajo sin dejar ni un sonido salir de su garganta. De noche, se desataron  los demonios de las profundidades del océano. Y ya de día, no hubo más que decidir. Eso que no quiso ver durante meses, aun si era tan cierto, tan claro, tan obvio, quedaría al fin eliminado del campo visual. Si nunca quiso verlo, ¿por qué ahora querría, ahora que sin remedio estaba ahí, frente a su mirada? 


Para ese entonces, sólo una pregunta se mantuvo sin respuesta: ¿se pueden escuchar las voces y los silencios de los ojos? ¿se puede evitar tanto dolor? Después, apagó la luz.