sábado, 17 de noviembre de 2012

Inevitable, el pasado


Te la piensas una, dos, tres veces. Después, empiezas a escribir el correo y sabes que te gusta platicar un poco de tu vida si te lo preguntan, aunque no sepas en qué podría terminar, o cómo. Sabes también que a veces tienes ganas de hacerlo, de contar, por ejemplo, que tu nueva pasión son las bicicletas y quisieras rodar y rodar y rodar por toda la ciudad sin miedo y sin preocupación. O que esperas ansiosa la playa en diciembre, caminar y mirar el mar como si de eso se tratara la vida, sólo de eso y olvidarte de todo lo demás. Dejar de cargar todas esas cosas. El costal de las películas de Buñuel que aparece de repente con algún personaje misterioso que lo lleva a cuestas, como parte del paisaje. Repleto de cosas inservibles, ropa, errores, movimientos equivocados en la vida, miradas falsas, preocupaciones propias y también ajenas, que se meten ahí para que alguien más cargue con ellas, aunque no le corresponda. Palabras burdas, o groseras, pensamientos de odio, recuerdos incómodos, frustraciones, reclamos. Todo eso que se acumula en el costal que cargas por la vida. Y pesa. Tanto que duele la espalda, la nuca, la espalda baja. 

Todo eso, o un poco menos, y sin saber muy bien por qué, cuentas algunas de esas cosas, las que menos duelen y se han vuelto más ligeras, las que, incluso, están a punto de convertirse en un recuerdo casi invisible, las más antiguas que cederán el espacio a las novedades del día, la más reciente pelea, el rencor más fresco, la torpeza más presente que te hace sonreír sola, de vergüenza y por la inevitabilidad del pasado. 

Nada que hacer al respecto. Descansar un poco, disfrutar el cielo azul y sus nubes brillantes, atesorar momentos de amistad profunda, de amor intenso, imaginar colores y contrastes placenteros, esos recuerdos y evocaciones que te relajan y te permiten sonreír de puritito gusto.

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