jueves, 22 de noviembre de 2012

Límites


Lo que parecía tan lejos, se acercó de repente. No los distinguía, vaya, ni siquiera sabía que realmente existían, que no eran una alucinación colectiva de la que ella no formaba parte. Pero los tuvo enfrente como una aparición, los miró y los usó de inmediato. Se detuvo ahí, se recargo como en una barda de madera y cerró los ojos para no llorar (casi lo logra). Estuvo ahí con todo el cuerpo apretado y la mente fija. Logró mantener cerrada la puerta. Fue tan difícil. No quería dejar de verlos nunca más, porque temía que desaparecieran otra vez. Habían estado ausentes tanto tiempo. Dos años completos.

Límites, les llaman. Del dolor, del respeto, de la consideración. Se vuelven flexibles, tanto, que con un solo detalle, con el guiño más minúsculo, se ensanchan hasta perderse de vista nuevamente. Pero esa noche ocurrió algo diferente. Se habían abierto las compuertas de donde salió todo lo que estaba ahí, contenido: el deseo, la espera, la alegría, el amor, la tarde, la prisa, las ganas, el hambre, el perdón, la risa, la vida. A borbotones salía. Y luego se fue yendo todo como se derrama el agua de un tubo roto. Pasaba el tiempo y todo seguía igual, se iba entre las grietas secas del suelo, se encharcaba. Se fue todo, a la nada, como tantas veces. Nadie estaba allí para recibirlo. Ella se quedó adolorida, triste, inconforme, desdeñada, vacía. Y entonces los vio. Los apretó con ambas manos aguantando el dolor y la respiración. Oía que sonaba todo: el motor, la voz, la campana, el zumbido repetido, oía sus propios latidos del corazón. Pero aguantó, adolorida.

Cómo duelen los límites.

2 comentarios:

Javier dijo...

Me gustan este tipo de alegorías. Y las compuertas me recordaron a "Las puertas de la percepción".

Diana G dijo...

gracias por el comentario. Me gustó visitar tu blog.